Barroco
La Muerte
Diario de Querétaro
31 de octubre de 2009

Julieta Ramírez

Querétaro, Querétaro.- El tema de la muerte nos ha fascinado, en la medida en que el ser humano ha tomado consciencia de su yo. La necesidad de saber si existe algo más allá del plano que conocemos, nos ha enfrentado a la concepción de diversos espacios en lo que llamamos existencia. Así hemos dividido al ser humano en cuerpo, mente y/o alma. En el primero hemos depositado nuestra creencia en la evolución, en la perfección de nuestras proporciones, el equilibrio con que nos diferenciamos de las razas "inferiores". Hemos definido con él la idea de belleza y con ello nuestras ansias de preservar la especie.

Por otro lado, la mente ha sido quien almacena al mundo de las ideas, del que se deriva nuestro ego centrismo: somos creadores por voluntad divina, o por el ejercicio de nuestra tiranía ante el medio. El alma ha sufrido los estragos de nuestros miedos, los propios, los colectivos y los religiosos. Ella es quizá, la parte de nuestro cuerpo fragmentado que representa nuestro ingenio, nuestra curiosidad infinita, la parte más espontánea que liberada del cuerpo que nos ocasiona culpa, puede oponérsele a la muerte. Esta palabra convertida en objeto de culto o mero concepto, nos obsesiona al contradecir nuestro afán por la eternidad. El alma y sus deseos nos han llevado a crear diversos símbolos, todo en un afán de contestarnos qué es lo que pasa cuando el cuerpo detiene su funcionamiento.

El hecho de que su caracterización sea femenina, refuerza la incertidumbre que representa. Iconográficamente este cuerpo se desdobla. El miedo que provoca el fin de la existencia, aunado al desconocimiento y asombro de esta corporeidad, que por muchos siglos fue y seguirá siendo causa de morbo, prohibición, humillación entre otros. Así lo que se considera femenino, intriga dada su capacidad de contener vida, de generar réplicas de la especie y de la decisión de suprimirlas.

En dicho cuerpo habita el binomio vida-muerte no como parte de un ciclo que se asocia únicamente con el parto. La mujer se renueva cada mes, tiene la oportunidad de experimentar dolor y de renacer. Es un organismo que se regenera, que sangra al igual que la muerte, que con cuerpo estático es capaz de detener y transformar al movimiento cíclico dela vida.

La muerte femenina no es santa porque su género ha sido el promotor del pecado, ella como fenómeno natural debe ser evaluada por un profesional de la salud. La defunción como personaje existe en la literatura y permanece arraigada en la cultura popular. Como portadora de la voluntad divina, es temido por ciertas religiones dentro de las normas que cada sociedad y la voluntad de cada individuo permitan.

Dicho ente para un sector de la sociedad se ha convertido en objeto de culto. Su personificación es tripartita y se le asocia con un color: el blanco para los trabajos de magia blanca, el rojo para poseer al ser amado o para obtener una venganza sanguinaria y el negro para los rituales satánicos. La muerte masculina al contrario de la femenina (a la que se tiene por bondadosa o menos cruel) representa la faceta tenebrosa y vengativa. No importa a que género se refiera, la muerte representa nuestros miedos más profundos, la caracterización que le otorgamos corresponde a nuestra necesidad de entenderla al humanizarla.

Por tanto, todo miedo a la muerte es miedo a perderse en el todo, es resistirse a fluir, negarse a abandonar el yo por la colectividad, dejar atrás el status social para dar lugar al plan de retiro que nos homologa como una especie entre otras. Morir requiere de la aceptación de que nuestras creaciones como Demiurgos pueden ser infinitas e ilimitadas pero no podremos evitar nuestro exterminio, nuestra sujeción a las leyes que conforman el universo.