Barroco
El lastre del acierto El pozo de los mil demonios de Los Cómicos de la Legua
Diario de Querétaro
17 de octubre de 2009

O. Salas

Querétaro, Querétaro.- No son los títeres de hilo, ni de guante que no te gustan; no somos adultos aniñados, tampoco imitamos niños; tienes que verlo, me decía Lily Siege del montaje ideado por Franco Vega --Franquito, según los niños-- de El pozo de los mil demonios. Le refutaba a la joven actriz egresada de la UAQ-FBA que precisamente a este muy experimentado teatrero había visto en la puesta en escena de Ituriel Hernández de la obra de Maribel Carrasco, y me había dejado tan satisfecho como para no apetecer otras propuestas, menos de títeres. Pero Franco, que tanto ha pulido el titerismo, tan empecinado con los títeres para el público infantil, tan acertado con El yeitotol y Fabulaciones en azul; Lily tan eficaz en la caracterización de los personajes encomendados; el Mesón de los Cómicos de la Legua tan céntrico a una cuadra de Plaza de Armas. La platea principal vacía, sin sillas ni mesas, el escenarito dispuesto frente al segundo nivel de la platea. Desde antes del medio día dominical un enorme textil teñido cubría algo cuyo conocimiento impacientaba el espaciamiento de las llamadas, tanto que los niños empezaron a asomarse atrás del telón de fondo para 'adivinarle los trucos al mago'. Al pronto el teñido sugería un paraje rupestre, quienes hacen la manipulación directa de los títeres -Leticia de la Vega, Lily, y Francisco García-- aparecen cubiertos a tono con la sugerencia. El delicado y detallado miniaturismo escénico cautiva y merece especial atención. Jacinta inspira tanta ternura que uno desea que su humanidad de palo y trapo no sufra ningún daño ni engaño, que no pierda su lindo cantarito, o que lo recupere de las manos del malvado chamuco. La multifuncionalidad del mobiliario y arquitectura escénicos es un valor agregado en esta encantadora puestita en escena. Los avatares de Jacinta metió a algunos espectadorcitos en los brazos de los mayores que los acompañaron, otros se revolvieron y reacomodaron en sus sillas. Si alguien hubiera temido la pérdida del agua a raíz del hurto padecido por la protagonista, al final, ésta es recibida literalmente a cántaros, pues las goteras de la techumbre provisional desde Semana Santa del Mesón siguen funcionando normalmente. Al lado de aquel cavernoso montaje de Ituriel, que casi desbordaba el foro del Teatro del Seguro Social, ahora cabe gratamente en la memoria este montajito, con una aclaración: del jorobadito de carne y hueso -Franco Vega-- al de palo le falta mucha joroba y... gracia.

Que los títeres no son nada más para niños lo reafirma el Barón Rampante con Tierra de nadie en la Casa de la Cultura, a media cuadra del Mesón. Parece que La Caverna ha quedado impregnada de onirismo: viernes y sábados con Metamorphosis, y ahora martes y miércoles con esta obra colectiva. La silueta de una personaje seguida de la misma actuación dancística despojada de la sombra, antes de que aparezcan los lúgubres títeres sugieren ese paso a un mundo onírico. En ese ámbito, donde por momentos parece venir un fluir de conciencia, y en otros esa ironía alentadora y/o cuestionadora y/o contestataria de Samuel Beckett: Equivócate otra vez, equivócate mejor (Fail again, fail better.), deja la sensación de que los personajes están muertos y sus ánimas buscan saldar cuentas que en vida sus seres dejaron pendientes porque se les acabó el tiempo, o no lo utilizaron como se supondría debieron hacerlo. Este logro, sobre todo si es intencionado, presupone una ardua y concienzuda investigación. Sin embargo lo lúgubre es tanto que cuesta mucho trabajo, y/o imaginación, ver a una niña en el rostro del correspondiente títere. La presencia de quienes manipulan los títeres es tanta, y/o la tiene uno tan presente que la trama la tomamos tanto o más de la gestualidad de Fabián Verdín y del manejo corporal de María Fernanda Monroy -encorvamiento del cuerpo, recogimiento de brazos-- que de sus manipulados, no obstante los tonos neutros de sus ropas. Tanto me proyecta la trama sus 'actuaciones' que me quedo con la duda si no me la transmitirían mejor ellos directamente. Además, me ponen a buscar la 'actuación' también de Carlos Casas, que no encuentro en la manipulación del ensombrerado juez, tan próximo a una parca notificadora. Si por un lado no veo la exacta disociación entre el títere y su manipulador, que está muy a la vista, y por el otro, a los tres intérpretes los he admirado en actuaciones muy plausibles, muy entrañables, entonces esta Tierra de nadie está cargando el lastre del acierto actoral de sus creadores. Cobra importancia establecer quiénes van al foro: ¿actores-titiriteros o titiriteros-actores?; quiénes llevarán la primera voz, y que la segunda no la rebase.

El estreno mundial, el martes 13 de octubre, de la obra dirigida por Jean-Paul Carstensen, estuvo muy concurrido por teatreros que no escatimaron sonoras risas, e identificación con la música y letras del mismo director y Roberto Sayavedra, así como con el canto de Fabián, bailado a lo 'Novecento'.