Opinión / Columna
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Todo lo Bueno
Edmundo Domínguez Aragonés
Federico el Grande único retrato posado subastado en Alemania
Organización Editorial Mexicana
9 de noviembre de 2009
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La conciencia le torturaba. Sabía bien la atrocidad que representaba la guerra, y, sin embargo, se dedicó a ella sin descanso.
Vivió y murió sumergido en la gran angustia que le planteaba la incongruencia entre sus ideales, su conducta y su homosexualidad. La tortura de su conciencia está presente en una frase dicha mientras mandaba sus tropas en una de tantas batallas: "¡Dios mío, si es que existes, salva mi alma, si es que la tengo!"
Fue precursor de Napoleón en el triple desempeño de estadista, de organizador del Ejército y de general en jefe.
Él decía: "Para todo Estado, como para cualquier organismo, la expansión constituye la ley fundamental de la vida". Esta máxima inspiró a Alemania la primera y la segunda guerra mundiales.
Fue un déspota ilustrado que se rodeó de los más grandes genios de su época: Goethe, Lessing, Schiller, Kant, y los enciclopedistas franceses Diderot y Voltaire, quien hizo circular el rumor de que "el rey es una amable ramera".
Federico no hacía el menor caso de todo cuanto se pudiese decir o pensar de él y, a este respecto, se mostraba tan cínico como los demás y le había dicho a Voltaire: "Tenemos aquí un cardenal y a varios obispos, de los cuales unos hacen el amor por delante y otros por detrás. Son todos ellos buenas personas que no persiguen a nadie".
Voltaire pernoctaba en el palacio de Sans-Souci, donde tenía habitación propia y Federico lo condecoró otorgándole la Orden del Mérito, lo nombró chambelán, y le dio la llave de oro propia del cargo.
Sin embargo, llegó el momento en que esos dos inteligentes hombres no pudieron soportarse y Voltaire dejó el palacio y partió rumbo a Francia. Por orden del rey fue detenido en la frontera y sus efectos examinados detenidamente.
Antes de partir, devolvió la llave de chambelán y su condecoración Pour le merité y escribió unos versos de reproche: "Las recibí con ternura, os las devuelvo con dolor, tal como un amante poseído por los celos, devuelve el retrato de su amada".
Federico II, rey de Prusia, que sentaría las bases que anticiparían la unificación de Alemania, se ganó el apelativo de Grande por su notable pericia militar. Hombre inteligente y culto, político sagaz y poco escrupuloso, forjó junto con la suya la grandeza de Prusia.
Organizó sus estados, en la etapas de paz se dedicó a la creación de manufacturas y a impulsar la agricultura, para lo cual mandó secar pantanos y roturar páramos.
Con la ayuda del canciller Cocceji, sabio jurisconsulto, hizo la compilación del Código Federico, con el que reformó la justicia del reino. Abolió la censura de prensa y la tortura. Promovió la educación primaria, fundó academias y creó el Banco de Crédito Hipotecario.
En opinión del historiador George Lazarov: "Perteneció a una generación de monarcas que habían de representar una importante transición histórica y, al igual que los otros, no se dio cuenta de ello. No llegó a entender que la incongruencia de su vida no se debía a su propia condición de soberano: que la libertad y la igualdad no pueden decretarse o proclamarse desde un trono. Intuyó la incompatibilidad entre la monarquía y la libertad al exclamar: "¡Seamos sinvergüenzas!"
Nació en Berlín el 24 de enero de 1712, su padre Federico Guillermo I de Prusia y su madre Sofía Dorotea de Hanoover. Falleció en Potsdam el 17 de agosto de 1786 en su residencia de verano, el palacio de Sans-Souci, que quiere decir: "sin preocupaciones". Y así falleció, por la noche, en bata, a solas, y recostado en su sillón favorito.
Así el monarca, en estos Soles ha sido subastado por 670 mil euros, el único cuadro para el cual posó. El óleo fue pintado por Johann George Ziesenis y pertenecía a un coleccionista privado.
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