Opinión / Columna
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Todo lo Bueno
Edmundo Domínguez Aragonés
La mentira ilumina el cerebro de los mitómanos
Organización Editorial Mexicana
27 de junio de 2009
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Prevalece el prejuicio que sostiene que jamás se da en ningún hombre el don de mentir con tanta audacia como pueden hacerlo las mujeres, y ha de ser a según uno las escucha mintiendo para ocultar una verdad que uno conoce: "me fui de compras", "encontré mucho tráfico", "la junta en la oficina se prolongó", "murió una tía", y tan tan, para justificar lo que sea que hayan hecho y que no es precisamente lo que argumentan.
Y también el hombre tanto dice cuanto miente para justificar aquello que elige no revelar.
Se aceptan las nombradas mentiras piadosas, como cuando el médico le asegura al paciente que su salud es perfecta, y el enfermo muere al día siguiente, o todas aquellas que se dicen para consolar, negar un defecto físico evidente o animar a la familia por haber sido despedido del empleo.
Thomas Jefferson, presidente de Estados Unidos afirmó: "El hombre que no teme a las verdades nada tiene que temer de las mentiras".
Para el escritor Óscar Wilde: "La finalidad del embustero consiste simplemente en agradar, deleitar, proporcionarnos un placer; la base misma de la sociedad civilizada".
Y si bien, como dice el filósofo Blas Plascal, "Hay personas que mienten simplemente por el gusto de mentir", se recomienda al embustero tener buena memoria.
Pues bien, en estos Soles, científicos estadunidenses han descubierto que cuando se miente "el cerebro se ilumina" y tal cosa tiene varias finalidades, entre otras, la supervivencia de la especie, competencia sexual y, lo mejor, "por el simple hecho de pasar el rato", como sostiene Wilde.
Resulta que cuando una persona miente, el cerebro se activa en el lóbulo frontal, temporal y límbico, o sea, que esas zonas se iluminan.
Según los sabios de las universidades de Pensilvania y de Temple, Estados Unidos, "cuando alguien miente, su cerebro lo inhibe de decir la verdad y eso hace que el lóbulo frontal esté más activo, de tal forma que la persona tiene que pensar más, y las personas mienten más cuando conversan entre sí, que cuando se comunican por otro medio, ya sea correo electrónico o vía telefónica".
Precisan "más", pues es común y corriente que las personas, por lo que sea, tanto mienten por teléfono como por el celular.
Estos profesionales que se han dedicado al estudio de la mentira, señalan que existen reacciones fisiológicas que se pueden medir con el polígrafo, o detector de mentiras, diagnóstico por imágenes y también códigos y denominadores comunes del lenguaje corporal, verbal y del tono de voz.
Aseguraron que al mentir aumenta la presión arterial, la frecuencia cardiaca, respiratoria y hay cambios en la actividad eléctrica de la piel asociados a la sudoración.
En tanto, los pies y las piernas son las partes del cuerpo más sinceras, seguidas del torso y las gesticulaciones, mientras que los movimientos de las manos y las expresiones faciales son más fáciles de manejar.
Los pies, explicaron los expertos, reflejan realmente el estado emotivo y cognitivo de la persona. La parte inferior del cuerpo no miente cuando expresa interés, aburrimiento, deseo de huir o de combatir, reserva, apertura, hermetismo o deshonestidad.
Paúl Ekeman, profesor de psicología de la Universidad de California, EU, señaló: "una sonrisa mentirosa se detecta cuando la parte inferior de la cara muestra los dientes, pero los ojos no se arrugan, mientras que el hecho de rascarse la nariz ante preguntas comprometedoras, se le conoce como el efecto Pinocho.
Esto es porque cuando una persona miente se pueden dilatar los vasos sanguíneos de la nariz, de tal forma que se hincha, y aunque este aumento de tamaño no es visible, el efecto final, unido a la sudoración, genera la necesidad de rascarse.
La mentira, pues, y las y los mitómanos.
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