Metrópoli
Liberan a Patishtán
Fo­tos: Ig­na­cio Huit­zil
La Prensa
1 de noviembre de 2013

Pa­tri­cia Ca­rras­co





"El in­dul­to no me ha­ce li­bre, yo he si­do siem­pre li­bre... des­de un prin­ci­pio he sen­ti­do mi li­ber­tad", di­jo se­re­no y fe­liz, Al­ber­to Pa­tish­tán Gó­mez, tras re­ci­bir el do­cu­men­to de am­nis­tía que le otor­gó el go­bier­no fe­de­ral.

"Yo soy un hom­bre fe­liz y siem­pre son­río, aun­que la gen­te me pre­gun­ta el por­qué y yo res­pon­do: soy un hom­bre li­bre de con­cien­cia y ten­go la ben­di­ción de Dios, y si de­jo de reír, es un día per­di­do pa­ra mí. Gra­cias a to­dos los que me apo­ya­ron a ni­vel na­cio­nal e in­ter­na­cio­nal.

"Si­ga­mos cons­tru­yen­do, fal­ta mu­cho por ha­cer.

"To­dos te­ne­mos una mi­sión en es­te mun­do, a ser úti­les, y to­das las co­sas que se ha­gan se de­ben ha­cer con amor, sin es­pe­rar que te pa­guen na­da.

"El me­jor re­ga­lo que nos pue­den dar es apren­der a amar­nos los unos a los otros.

"An­te los ojos de Dios soy ino­cen­te y soy li­bre. Eso es lo que me man­tie­ne tran­qui­lo. Es­toy per­dien­do la vis­ta -por su en­fer­me­dad-, si no los veo cla­ro, los veo con mi co­ra­zón", di­jo al la­do de sus hi­jos, Héc­tor, Gaby y su nie­ta.

Emo­cio­na­do has­ta las lá­gri­mas y con los aplau­sos cons­tan­tes de los pre­sen­tes, el pro­fe­sor chia­pa­ne­co re­cor­dó que siem­pre ha si­do ac­ti­vis­ta, pues siem­pre ha vis­to las in­jus­ti­cias que pa­san en su pue­blo, don­de los go­ber­nan­tes so­me­tían a la po­bla­ción a la es­cla­vi­tud, sin em­bar­go, se to­pó con el ol­vi­do y la mar­gi­na­ción de los po­bres, don­de la au­to­ri­dad só­lo vol­tea a ver los que tie­nen el po­der eco­nó­mi­co.

La gen­te que no ha­bla es­pa­ñol que no po­día es­cri­bir, an­tes de 2000, esa gen­te po­bre, hu­mil­de se re­fu­gia­ba en los que po­dían leer y es­cri­bir, pues siem­pre se to­pa­ban con au­to­ri­da­des ar­bi­tra­rias.

Y an­te esa si­tua­ción se vio obli­ga­do a de­fen­der a su pue­blo, "no me que­da de otra, voy a su­mar y a de­fen­der a mi pue­blo", re­sal­tó.

An­te un au­di­to­rio re­ple­to de ac­ti­vis­tas y de­fen­so­res de los de­re­chos hu­ma­nos, el pro­fe­sor tzot­zil co­men­tó que le dan la li­ber­tad no por el de­li­to, si­no por el pro­ce­so pla­ga­do de irre­gu­la­ri­da­des, en eso es­tán por eso si­gue y se­gui­rá él so­lo.

"Ten­go mu­chos mo­ti­vos pa­ra se­guir ca­mi­nan­do y re­cla­mar jus­ti­cia. En ese mar­co de jus­ti­cia, cuan­do iban a des­ti­tuir al pre­si­den­te mu­ni­ci­pal, -agre­gó-, Pa­tish­tán Gó­mez fue acu­sa­do de par­ti­ci­par en una em­bos­ca­da con­tra po­li­cías es­ta­ta­les, don­de sie­te uni­for­ma­dos per­die­ron la vi­da

"Me me­tie­ron a la cár­cel y me sen­ten­cian a 60 años. Me que­rían aca­bar, pe­ro yo soy ino­cen­te an­te los ojos de Dios y de mí mis­mo.

"El pri­mer día que lle­gué a la cár­cel me di­je -ci­tó-, aquí co­mien­za un ta­rea más de mi vi­da. Eso ori­gi­nó mi en­car­ce­la­mien­to por de­fen­der a un pue­blo opri­mi­do. Yo de­nun­cié lo que es­ta­ba pa­san­do en mi pue­blo, y esas per­so­nas que quie­ren po­der, pa­ra jo­der, qui­sie­ron aca­bar con­mi­go, pe­ro aún ten­go mu­chas co­sas por ha­cer".

Se mos­tró muy sa­tis­fe­cho por la se­mi­lla que ha sem­bra­do en sus hi­jos Héc­tor y Gaby, quie­nes tam­bién ya lu­chan por las in­jus­ti­cias que su­fren los in­dí­ge­nas tzot­zi­les.

Tam­bién la­men­tó que los in­dí­ge­nas no sean bien vis­tos en la cár­cel, los tra­tan mal.

"A mí me man­da­ron de una cár­cel. Lle­gué a Gua­sa­ve, fue uno de los pre­sos que es­tre­nó ese pe­nal. A ese lu­gar lo lla­man, 'el ce­men­te­rio de los vi­vos' ".

En su opor­tu­ni­dad, Mar­tín Ra­mí­rez Ló­pez, vo­ce­ro del Mo­vi­mien­to del Bos­que por la Li­ber­tad de Al­ber­to Pa­tish­tán, re­cri­mi­nó a las au­to­ri­da­des la "gran ver­güen­za" que sig­ni­fi­có ha­ber en­car­ce­la­do 13 años al pro­fe­sor in­dí­ge­na.

Da­niel Za­pi­co, re­pre­sen­tan­te de la or­ga­ni­za­ción hu­ma­nis­ta Am­nis­tía In­ter­na­cio­nal (AI), di­jo que el sis­te­ma ju­di­cial me­xi­ca­no es­tá "fra­ca­sa­do", por lo que res­ta a los me­xi­ca­nos ha­cer una "re­fle­xión pro­fun­da" so­bre có­mo re­pa­rar­lo.