Opinión / Columna
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Alfredo Gabriel Páramo
Remedio contra el olvido
El Occidental
7 de noviembre de 2009
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SOBREVIVIR A TERRITORIO COMANCHE
Escribe Maricarmen Páramo, una talentosa y joven ensayista: "El cerebro, como cada parte de la maquinaria humana, se deteriorará hasta llegar a su fin y, siendo parte de él, la memoria paulatinamente irá fallando hasta perderse entre los nebulosos recuerdos del pasado y junto con ellos será enterrada".
¿Qué se puede hacer para evitar eso? ¿Hay una salida ante el olvido? Me parece que la respuesta está en la esencia del verdadero secreto del oficio de escritor, al que con tanto cariño y trabajo contribuyó Mario Benedetti. Sabemos que la memoria es efímera, que está condenada al polvo del que surge; el mundo, la vida, los amores, los gustos se irán fundiendo en el olvido, en la nada, a menos que podamos hacer algo para evitarlo. Y ese algo es la escritura.
Mario Benedetti, desde muy temprano, fue capaz de traer hasta nosotros una recreación de su mundo montevideano. Lejano y brumoso para los lectores latinoamericanos, como yo que lo conocimos en los años 70. Un Montevideo de mediaslunas y cafés cortados; un Uruguay tan extraño, pero tan cercano, que llegamos a conocer y querer al grado de que, cuando algunos tuvimos la oportunidad de conocer el real, fue como si visitáramos un amigo querido, con sus cielos de un azul brillantísimo, como pintado, sus cafés en las calles, sus amables habitantes que prefieren perder algo de sus ganancias, antes que molestar a un par de distraídos turistas que no tienen suficiente dinero suelto uruguayo para pagar un par de cocacolas en un estanquillo.
Benedetti, sin embargo y a pesar de lo que puedan opinar algunos críticos, que con la muerte del uruguayo lo han endiosado, si bien gozó de gran popularidad entre jóvenes universitarios y algunas otras personas, nunca fue muy bien visto por la intelectualidad. Él, como Luis Spota, cometió un pecado terrible para ciertos círculos de la literatura, sobre todo mexicana: fue un escritor exitoso y muy popular.
La base de su popularidad, desde mi punto de vista, es que más que hacer discursos o panfletos -a pesar de un innegable tinte izquierdista en su obra, pero siempre dentro de la civilidad y la inteligencia-, que en vez de hacer largos y enredosos soliloquios sobre la vida y las emociones humanas, Benedetti era un narrador sencillo, que contaba las historias de la vida cotidiana de una manera muchas veces conmovedora. Sus cuentos y novelas, incluso su poesía, huelen a leche con café, a tinta de máquina de escribir y a tardes de otoño; saben a sopa contra la gripe y se sienten como un abrigo calientito en una noche fría.
Pero esto no hace que su obra sea inocente o sencilla. Para nada; por el contrario, muchas de sus historias rayan en la crueldad sin nombre que muchas veces adoptan las relaciones humanas, la vida cotidiana. Ayer mismo mi hermana me decía: "Ay, qué difíciles son las relaciones humanas que deberían ser fáciles". Es que ahí está el engaño. Las personas somos complejas y llevamos relaciones llenas de complejidad. Los buenos escritores lo saben y escriben de ello.
Algunos se regocijaron en una lectura poco profunda de "La tregua", a la que siempre consideraron una novela de amor o, como dice un amigo, una novela "políticamente correcta" en la que un hombre mayor se enamora de una jovencita quien, convenientemente, muere al final. Yo estoy totalmente en contra de ambas interpretaciones. "La tregua" es una novela de la amargura, de la última oportunidad. Cuando creemos que la vida no nos depara nada, resulta que sí, que la maravilla del amor está allí, para nosotros... sólo para esfumarse un momento después, dejando a un hombre en la puerta de la ancianidad, con la certeza que no queda nada más para él.
"Primavera con esquina rota" es otra de esas novelas que nos muestran al Benedetti amargo, pero no amargado, sino realista, que incluso en la desgracia puede encontrar belleza o, al menos, ironía. El final es conmovedor y creo que por sí solo invita a la lectura de toda la obra. Llega el hombre al aeropuerto, luego de haber estado preso, haber sido torturado y haber vivido en el exilio. A lo lejos alcanza a ver a sus seres queridos; a su esposa, a su hija, a quien no ve desde que era bebé, y a su mejor amigo. Y él se alegra. Se alegra muchísimo de verlos a ellos. Sólo que no sabe que su mejor amigo y su esposa ahora son pareja.
¿Cruel? Sí, mucho, pero eso es lo que hace que una obra valga la pena, que nos estremezca, que nos conmueva, que nos haga pensar, que sirva como antídoto contra la indiferencia, el desánimo, el miedo.
Y Mario Benedetti lo consigue. Ni más ni menos.
* Escritor y académico de la Escuela de Periodismo Carlos Septién García.
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