Opinión / Columna
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Alma Valdés Salas
La danza clásica de los pesos legislativos
El Occidental
20 de noviembre de 2009
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ANÁLISIS MEDIÁTICO
El concepto de ciudadanía presupone la existencia de reglas y normas que rigen las relaciones entre los ciudadanos y entre estos y el Estado. Para una gran parte de las personas, ser ciudadano es tener derechos políticos, civiles y sociales. La ciudadanía se refiere a las "prácticas sociales y culturales que dan sentido de pertenencia". Y lo que da sentido de pertenencia es la posibilidad de tener derechos propios y derechos colectivos. Pero corresponde decir que la ciudadanía en su concepción plena, ampara derechos pero presupone también obligación y responsabilidades.
El concepto de ciudadanía está ligado íntimamente con la democracia. Expresa un ideal clásico, se inspira en un conjunto de valores dignos de ser transmitidos. Los más importantes y que dan forma a todos los demás son la libertad y la igualdad. Como régimen político, la democracia es la vigencia de un conjunto de pautas institucionales que conforman un determinado tipo de gobierno, cuyo fin debería ser garantizar la plena vigencia de los valores expresados anteriormente.
Desde el punto de vista moral, la ciudadanía constituye una dimensión ética que nos confiere identidad como seres políticos. Distintas corrientes de pensamiento coinciden en que la ciudadanía es siempre la ejecución de una práctica de compromiso. Es por eso que "ser buen ciudadano y llegar a "ser una buena persona" son búsquedas coincidentes.
Es así como los canales de participación y de comunicación complementarios se encuentran cada vez más vinculados a todos los "ciudadanos", independientemente de si tienen derechos y obligaciones políticas, medios invisibles que son recurrentemente ignorados por el funcionamiento tradicional de la actividad política, como el voto electrónico (sin rostros; sin autentificación; sin integridad y sin repudio).
Si bien, el nuevo reto entre el vínculo político y la realidad de las sociedades contemporáneas consiste en proporcionar la puesta en práctica de esta clase de derechos y de deberes reconocidos. Lo que permite afirmar que, sin duda, la internet es el medio de mayor acción y representación política mundial, abriendo con ello nuevos escenarios geográficos de debate y demandas en uso de las tecnologías de la información y la comunicación.
Lo más triste es que en México, año con año, la falta de congruencia entre la lengua y las acciones demuestran que para los que se ostentan como nuestros representantes las demandas y el debate en cualesquiera de sus manifestaciones, no importa, para ellos "ser un ciudadano" es, un título nobiliario, permanente y honorífico que se otorga sólo a las personas que se ocupan de la vida pública, si, me refiero a esos ciudadanos que, ¡se supone!, exigen que se acaten las leyes, que están atentos al cumplimiento efectivo de la igualdad sin privilegios, que debieran conocer constitucionalmente sus obligaciones y los mecanismos de participación ciudadana cultivando su nacionalismo en la experiencia del servicio público, esos "ciudadanos" que todavía nos pretenden hacer creer que con su ineficiente trabajo, buscan construir progresivamente la tan ansiada democracia.
Frente a la descomposición de la cultura ciudadana y política de nuestro país, es indispensable un cambio de conducta de todos. Por un lado, quienes ocupan lugares de responsabilidad deben demostrar que son dignos de pertenecer a la esfera pública, pero también se necesitan actitudes cotidianas comunes que resulten ejemplos de conducta.
El espejo de nuestra Historia a 100 años de la Revolución Mexicana, demuestra que, la experiencia ha naufragado, que somos un país ahogado en los dilemas de una relación inevitable entre ciudadanos honoríficos e indiferentes y destinatarios en un diálogo de sordos sin espacios a las oportunidades, un país con representantes improvisados, con derechos sin garantías, con elecciones sin credibilidad, con comunicación sin información, y con una democracia en la versión disponible para unos cuantos participantes.
Después de la película de mendicidad parlamentaria, y de la danza clásica de los pesos y centavos que escenifican todos los años en que van y vienen legisladores. Las preguntas obligadas son... ¿Qué sigue?, ¿cuándo empezarán a representar el papel que les corresponde, y contribuirán sin restricciones e intereses a crear una sociedad más libre y más igualitaria? O ya de plano... ¿pretenden congelar el reloj legislativo haber si en un cursillo intensivo aprenden algo de derecho constitucional y ética política?
* Analista mediática y doctora en Derecho.
analisis@notiemp.com
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