Opinión / Columna
 
Joel Díaz García  
Twitter y Facebook contra los famosos
El Occidental
18 de enero de 2012

  Una de las características de la palabra es que debe ser libre, en ese sentido cualquier persona está en posibilidad de expresar cualquier idea u opinión. No obstante, ello no significa que lo que expresemos lo hagamos con autoridad moral, como expresión exacta o sentido de lo correcto. Tampoco significa que todas nuestras expresiones deben ser admitidas por los demás como hechos de verdad o que no habrá reacciones frente a las mismas, pues no podemos olvidar que una expresión puede ser más hiriente que una espada, y que una palabra mal colocada estropea hasta el más lindo y hermoso pensamiento.

Con el desarrollo de las telecomunicaciones que tenemos hoy en día e inmersos en la era del Twitter y el Facebook, a muchos famosos les ha dado por opinar de todo como si fueran verdaderos especialistas o intelectuales consumados. Opinan por igual de política, religión, ciencia o arte. No hay materia sobre la que algunos famosos no se vean tentados a opinar y expresarse. Ciertamente están en su derecho, pero olvidan que las redes sociales son un terreno resbaloso en el que se cae con frecuencia y si no, al menos se tropieza; mientras que el que no se precipita es porque ya aprendió de su caída anterior.

Twitter o Facebook son lugares públicos donde hay que medir y cuidar las palabras porque hay millones de ojos, conocidos y desconocidos, siguiendo lo que se dice y hace. Miles de personas dispuestas a desafiar y enfrentar posturas; habidos de desacreditar conductas o comportamientos; listos para llamar a cuentas, celebrar errores e improvisar burlas e insultos. Es hasta cierto punto un territorio cruel y despiadado. Una declaración en Twitter o Facebook puede tener más repercusión que una que se hace en televisión, prensa escrita o radio, pues a diferencia de esos medios, se pueden presenciar, también, las reacciones que inmediatamente provocan ideas u opiniones.

Frente al error siempre una desbandada de mofas y chistes sin compasión. Toda una batalla por escribir la ocurrencia más ingeniosa o divertida. El problema es que en las redes sociales no sólo transitan personas críticas a la libertad de expresión, sino también intolerantes con cara de especialistas, paleros disfrazados de ciudadanos, pandilleros vestidos de indignados, agitadores sociales vestidos de pueblo justo. En las redes sociales, como dice Héctor Aguilar Camín, vive de alguna manera el espíritu de "Fuenteovejuna": el espíritu de la impunidad anónima, vengadora y arbitraria que lincha en grupo, que actúa sus peores pasiones en el manto protector de la masa. El asunto es que en cuestión de minutos, Twitter y Facebook pueden despedazar a un famoso.

Muchos dirán que todo es parte de la libertad de expresión y un intercambio libre de opiniones, diferentes dirán que es parte del sentido del humor que requiere una sociedad, otros señalarán que es parte de la reacción que genera una acción, algunos más que es la crítica basada en la libertad de juicio y no en la voluntad de ofensa, pero lo cierto es que el tema puede terminar teniendo formas de inquisición. No hay forma de controlar las opiniones en las redes sociales, por eso los famosos o personas públicas deberían estar conscientes en todo momento de lo que publican y de medir las posibles consecuencias de sus dichos.

Es preciso aclararles a los artistas o personajes públicos que su condición de famosos no les acredita como intelectuales. A esos últimos sí les es permitido hacer una reflexión crítica sobre la realidad y comunicarla porque tienen conocimientos y autoridad moral para hacerlo. Cuando uno habla de cosas que no sabe, irremediablemente se expone a la crítica y estas nunca son agradables, aunque a veces necesarias. Leonardo Da Vinci decía que quien de verdad sabe de qué habla, no encuentra razones para levantar la voz. Por eso a los famosos como Kate del Castillo, Alicia Machado o Ninel Conde les vendría bien aquello de que si no saben, calladitos se ven más bonitos.
 
Columnas anteriores
Columnas anteriores
Cartones
Columnas