Opinión / Columna
 
Xavier Garabito 
La realidad
El Occidental
7 de noviembre de 2009

  DOMINIO PÚBLICO

Decíamos ayer y si no lo decíamos lo pensábamos, que el rojo de la violencia está en el vértice de la opinión pública. La información sobre crímenes y corrupción ocupa ya las primeras planas de los medios impresos, así como los momentos estelares de casi todos los noticiarios de radio y televisión. Lo que iba a empezar ya empezó: Se busca engendrar miedo o angustia.

Advertencia o exordio, o preámbulo, prólogo, proemio. Es esta la etapa que ahora vivimos, una antesala a lo que nos espera el próximo año. Enero nos regalará, primero, una cuesta económica cuya penuria económica durará varios meses, y, después, parece, una escalada de violencia de fuerza impredecible.

Y mientras que el presidente Calderón se engolosina ante las cámaras de televisión afirmando que la crisis ha sido atemperada, seguimos viendo signos ominosos

La verdad es que aborrezco el poder, me perturban los daños de la autoridad y la subjetividad de quienes lo ejercen. El poder es una enfermedad, contagiosa, ilimitada, áspera, progresiva y deformante. Sin pócimas a la vista y sin elementos técnicos para diagnosticar "la enfermedad del poder", la tarea de quienes la padecen, de alguna y de todas las formas, radica en crear conciencia para así intentar disminuir los daños emanados de tan temible patología. El dominio es sordo, omnipresente y omnipotente. Por eso, sus daños son ajenos a quien los produce. No hay paradoja: sin interlocutores sólo hay una y sólo una razón. ¿Cómo decirle a quien lo ostenta que está ciego, que no oye, que hay otros?

Distancia, totalidad, irrealidad, conocimiento parcial, inadecuado o erróneo de las necesidades de "los de abajo", idea de superioridad, sordera que alterna con ceguera o ceguera acompañada de sordera, conocimiento unívoco e inequívoco, amnesia, capacidad para leer y analizar el presente, pero dificultad para penetrar el pasado o avizorar el futuro, así como la creencia o seguridad que todo lo hecho es correcto. La autoridad inmuniza y por eso crea distancias infinitas e insalvables.

Los mismos padecimientos se repiten independientemente del sitio o puesto de quien domina. Las mismas quejas y similares inconformidades rodean las bocas de los que protestan contra ese mal. Las críticas difieren acorde con los elementos disponibles.

Nuestros tiempos, en México, en el mundo, están demarcados por el poder. Incontables han sido ahorcados. Otros silenciados. Demasiados atemorizados. Muchos, reducidos al olvido. La fuerza del poder ha traspasado todas las fronteras, todas las lógicas y casi todas las posibilidades. Las disparidades entre quienes ejercen ese mal con quienes lo padecen son, incluso, mayores que las disimetrías entre los más pobres y los más ricos.

Aquellos que tienen la fortuna de ser dueños de sí mismos, los universitarios, los comunicadores y, sobre todo, ese grupo amorfo conformado por "intelectuales", deberían ser los que delimiten la fuerza del poder. No es aventurado ni "amarillista'" afirmar que el futuro es incierto. Hoy es más turbio incluso que después de la Segunda Guerra Mundial. Cuando la guerra finalizó, la esperanza era precisamente ésa: había llegado el fin. Así lo entendió la gente. Hoy no podemos vivir un final, pues desconocemos el principio y todas las caras de la dominación. Por eso, el futuro es más oscuro; la proliferación del conocimiento, de las ciencias, de las artes y de la vida ha servido poco para contrarrestar los deterioros que sufren y padecen la mayoría de los seres humanos. ¿Cuál es la utilidad del conocimiento? ¿Alivia la ciencia? El poder, la enfermedad del poder, utiliza esos recursos tan sólo para perpetuarse y heredarse. Desoír y olvidar sus compromisos son algunas de sus características. Aligerar sus daños es tarea inconmensurable, ingente.

La realidad está a la vuelta de la equina. Los partidos políticos deber ser una cruzada moral o no son nada.
 
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