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Opinión
![]() Magdiel Gómez Muñiz
Y sin embargo...
El Occidental
13 de diciembre de 2008
Quedamos entonces que la educación no es un gasto sino una inversión. Por lo menos eso lo ratificó José Narro Robles -rector de la UNAM- en el marco del XII Encuentro nacional y XI internacional de investigación educativa "educación superior y postgrado".
Entre italianos bibliófilos y tapatíos FIL-adictos, la perspectiva tradicional del hecho educativo pasó de ser una perspectiva simplona de Estado a verse como una necesidad imperante en cualquier intento de desarrollo nacional. El argumento de que sólo con educación un país puede progresar obedece a la producción de conocimiento y a su consolidación científico-tecnológica. Entonces el binomio Estado-educación da por consecuencia el óptimo social que el pueblo demanda. Es incomprensible que ante tal realidad educativa la mayoría de gobiernos democráticos instaurados en América Latina se nieguen a proyectar políticas públicas en consonancia con las potencias mundiales que le han apostado al desarrollo intelectual de sus comunidades. En México, por lo menos es lo que se puede corroborar, se continúa con los métodos de enseñanza tradicionales basados en los ineficaces roles de estudiante receptor pasivo de información y profesores no actualizados que se desviven buscando su pírrica plaza para mantenerse en el proceso de simulación docente. Vivir con tal simulación sugiere que el progreso de la nación se encuentra a años luz, para que la educación sea una empresa pujante y transformadora, es esencial que cada uno reconozca el rol que le toca desempeñar; por ejemplo: que el profesor enseñe; que el estudiante sea el constructor del conocimiento y el gobierno inyecte recursos para poner en marcha programas acordes a las necesidades del mercado. Sólo aquí seguimos con la tozudez de producir a granel miles abogados, contadores y médicos cirujanos parteros. ¿Qué hay con la mecatrónica? O ¿por qué hacer el gesto a las ingenierías o matemáticas? Ya nadie quiere ser educador o filósofo, porque se presume que se morirá de hambre aquel egresado de las ciencias duras. No se toma en cuenta que la saturación profesionistas se confecciona con una caricatura de país. Se está haciendo un traje sin la ayuda del sastre. Jamás se logrará bajo esa óptica generar un cambio. Sugerir que el mexicano pueda alcanzar el nivel de operaciones formales arranca una sonrisa a los más aferrados académicos. No nos gusta estudiar. ¡Qué lamentable! Ante un desierto de academia y un fantasma educativo, se antoja que el hombre científico está a punto de extinguirse. Uno, por falta de apoyo; dos, por los bajos salarios; tres, por lo engorroso de los formatos a los que hacen ciencia; cuatro, la fuga de cerebros; cinco, por la apatía del gobierno y el rechazo a políticas educativas. Esquemas alternativos son los que se esperan de la reunión de rectores universitarios a nivel nacional que a manera de proyecto harán una serie de propuestas que en el mejor de los casos facilitarán el salir de estas arenas movedizas del analfabetismo. Y sin embargo, nadie cree que trazar un derrotero en aras de la educación es la mejor herramienta. Columnas anteriores
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