Opinión / Columna
 
José Luis Cuéllar de Dios 
Jacobo Zabludovsky y los toros
El Occidental
3 de febrero de 2012

  En una amena e interesante entrevista por televisión que le hicieron al distinguido periodista Jacobo Zabludovsky se tocó, entre otros temas, el de la fiesta brava, afición convertida en pasión que públicamente y en distintas ocasiones manifestó este personaje legendario de los medios de comunicación.

La afición de JZ por este bello y por supuesto polémico espectáculo son de esas que se llevan en el cerebro, en los genes y hasta en la médula espinal. Miles de ocasiones hubo, públicas por supuesto, para ratificarlo; asistente asiduo, sobre todo a la Plaza México y partidario de grandes toreros, mexicanos y españoles, invocaba el tema a la menor provocación.

Aún más, JZ en su tiempo fomentó un culto por esta bella fiesta. Por esto resulta extraño, aunque comprensible, el que haya declarado en la mencionada entrevista que ya no acude a las corridas de toros, que ya no hay toreros que interesen -en lo que lleva la razón- pero que sobre todo, él ha cambiado, manifestándose en cierta forma como "partidario del no maltrato al toro".

La reflexión hace cambiar de parecer, esto es obvio, es más alguien afirma, no sin razón, que el hombre que no cambia de convicciones es que nunca tuvo convicciones. No son pocos los taurinos de reconocida afición que si bien no han renunciado al gusto por el espectáculo taurino si han dejado de acudir a las plazas de toros, otros más drásticos, ahora la ven con animadversión.

No los culpo, estoy de acuerdo en que ahora, cuando frecuentemente se ven lastimosamente rodar los ¿toros? Por las arenas de los ruedos, cuando se mira la mansedumbre en toda su expresión y en momentos en que los toreros no se toman en serio, la fiesta es más triste.

Sin embargo para muchos de nosotros, tauroadictos irredentos, la fiesta brava y su arte no está muerta, está en nuestra naturaleza. En el momento que vuelva a aparecer en los ruedos el toro bravo con todos sus atributos de fuerza, bravura y fiereza y ponga a todos en su lugar las pasiones indomeñables harán presas a todas las aficiones de todas las plazas.

Al espectáculo taurino no hace falta desaparecerlo sino fortalecerlo a partir de una discusión crítica y racional, su esencia no cambia ni cambiará; hacer arte ante el eminente peligro, el toreo es un arte porque genera estímulos estéticos acompañados de fuertes latidos del corazón, es una manifestación de destreza, perfección, habilidad, valentía por supuesto, hermosura, excelencia y finalmente de arte.

Miles de hombres, en miles de ruedos, en miles de tardes, se han jugado la vida a lo largo de cientos de años, para encontrar su destino.

No resulta fácil renunciar a la imperativa religión del toreo cuando se ha sido fiel devoto de ella; además, a fin de cuentas, el toreo no es un espectáculo, es una cultura; claro que en estos momentos, una fiesta mutilada, viuda de toros, ha engendrado la mediocridad, lo que ha provocado alejamiento nostálgico de la afición, en el mejor de los casos, o la generación de críticos lapidarios en el peor de ellos; es comprensible, se vive una tóxica falsificación del toreo verdad, ese toreo de arrebato, de pundonor, sacrificial, aquel que provoca pasiones, bullicio y fiesta.

El toreo pasa por una especie de etapa de cansancio, ya vendrán los momentos luminosos, esos que provocaron ardorosas pasiones en muchos. Es difícil, cuando no imposible, jugar el papel de adivino; ignoro si como espectáculo público desaparezca la fiesta brava, por supuesto seguiría en forma privada: "a puerta cerrada" pero de una cosa estoy seguro que esta manifestación única y pasional puede construir un puente que comunique lo ancestral con lo contemporáneo, amén de los amenes.
 
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