Opinión / Columna
 
César Gilabert 
Asombro
El Occidental
15 de noviembre de 2009

  Quizá la principal condición para filosofar no es tanto una facultad sino actitud: el asombro. Sin capacidad de asombro el mundo se ensombrece y en lo opaco, dice Hegel, todas las vacas son negras. Algo que equivale a un tópico que nos resulta más familiar: "de noche todos los gatos son pardos". Es decir, sin luz todo se ve igual.

El tedio es oscuro, la resignación es gris y todas las pasiones tristes tienden a tonalidades ocres y apagadas. Un hombre gris es alguien que se ha acomodado a la repetición sin la menor esperanza de novedades. No porque no las haya, sino que simplemente no las percibe. Ha perdido el interés en el acontecer del mundo, la curiosidad se le ha extraviado, su vida monótona se torna monocromática, como una somnolencia crónica apenas habitada por sombras. Perdió el presente, se desánimo, si acaso, en su memoria perviven deslavados destellos de lo que alguna vez fue luz.

Pero perder la capacidad de asombro tarde o temprano sofoca la capacidad de indignación: todo es lo mismo, todo da igual. Ya no sorprende que otro recluso se haya fugado del Hospital Xoco, y poco aportará el que metan en la sombra a sus custodios. Tampoco asombra ni sorprende que desmantelen una banda de bebés recién nacidos, porque detuvieron a una, pero hay muchas más que operan libremente. Y es inútil preguntar, curiosear, buscando soluciones. Tampoco asombra que las grandes compañías no paguen los impuestos que en otros países sí pagarían, pero que en México no, porque aquí las leyes fiscales están tan mal hechas que dejan vacíos enormes por los que se puede eludir el pago sin infringir la ley. De este modo, no cometen delitos, no evaden, sino que aprovechan las reglas para no pagar. Pero ya tampoco nos asombra ni indigna que legisladores no se pongan de acuerdo para pactar una reforma fiscal adecuada y equitativa. Otros países reducen impuestos para salir de la crisis; en México se cobran más.

México volvió a perder en penaltis, otra encarnación de Fuente Ovejuna quiso linchar a unos presuntos secuestradores, un alcalde cachondea con escuadrones de la muerte, Calderón es el presidente y que se le ha ocurrido apagar al SME, y ensombrecidos por la crisis y los ajustes, en el futuro vemos sombras nada más. Hace falta que se nos prenda el foco, que recordemos que a veces valen más las actitudes que las aptitudes, decía Winston Churchill. Para salir de la crisis, sin embargo, hay que unir la aptitud con la actitud, recuperar el asombro y encender la indignación.

Como una actitud es la capacidad de asombro. La entrega anterior me referí a diversos tipos de fobias, partiendo de su definición nominal: trastornos de la salud emocional que se caracterizan por un miedo intenso y desproporcionado ante objetos o situaciones concretas.

Un amigo terapeuta me comentó que ha tenido pacientes con fobias increíbles; añadió que hay algunas que son fáciles de superar con buenas estrategias y apenas unas pocas sesiones. Si bien, hay otras que requieren cierta laboriosidad tanto por parte del analista como del paciente; además, están las fobias que se curan solas. De hecho, desaparecen automáticamente o bien, el paciente muere. Desde luego, la fórmula de "muerto el perro se acabó la rabia" se aplica aquí como licencia poética.

Sospecho que mi fobia a los políticos es incurable; a veces sólo escuchar sus voces aterciopeladas me producen una rara erisipela que se activa sin la presencia de estreptococos. Particularmente, la voz de Salinas de Gortari, incluso sin atender al contenido de sus palabras, concitaba en mi cabeza imágenes torcidas e infernales. Por cierto, el senador Manlio Fabio Beltrones tiene el mismo tonito emboscado.

Pero no sólo es la voz, es la presencia y la apariencia. Digamos que el actual secretario de Hacienda no me inspira confianza. Podría pensarse que lo mío no es fobia, sino una actitud discriminatoria para con las personas con tan abundante humanidad. Pero el hecho es que la misma sensación desagradable me inspira el esbelto secretario del Trabajo, Javier Lozano Alarcón. No quiero personalizar el asunto, porque no es cuestión de personas, ni siquiera de personajes, sino estrictamente se trata de su identidad como políticos profesionales. Tampoco es el color blanquiazul, porque Mario Marín o Ulises Ruiz me producen urticaria. Y Kawaghi me provoca incontrolables arcadas. Elba Esther, siguiendo con la misma alianza, también aguijonea mi diafragma. En resumen: nombre al político que sea, el factor común es la náusea, pero sobre todo miedo, porque esta clase política, en su lucha por los pedazos del pastel, no ve lo que le está haciendo al país. Parece que no son conscientes de la forma en que nos perjudican. Les resulta indiferente el efecto cotidiano y concreto que produce el incremento de impuestos. Salvo en los discursos, los pobres no les interesan. Eso salta a la vista en el diseño de sus campañas, y en lo que gastan al hacerlas. A los ricos les piden dinero, a los pobres votos, con la idea que protegerán a unos de otros. Por eso, enterarme de cómo anda la política nacional me instala entre la náusea y la esquizofrenia.

El punto es que identifiqué mi propia fobia: a los políticos. Y al respecto, recibí más de un correo en los que otras personas expresaron idéntica aversión. Sólo que, a diferencia de la definición, el miedo que provocan no es irracional y nunca será tanto que resulte desproporcionado. Y si no, pregunten al SME.

Tan sólo en esta semana, a raíz de la aprobación de la Ley de Egresos, se desató un sainete entre los panistas y los tricolores en un esfuerzo de desmarcarse de lo mismo que aprueban. Y si en funciones los legisladores son así de borrascosos, cuando el reloj político marca el inicio de los tiempos electorales, se vuelven completamente insufribles. Por la forma tan ligera en que chupan el Erario, condenan a mi sensibilidad y a la del resto de la sociedad, a una sobre exposición, obligados como estamos a oír y ver miles de spots de televisión, radio, teléfono e internet. Así, la presencia de estos seres avariciosos se torna más activa por cuanto que han de realizar campañas para obtener los votos que los convertirán en autoridad. Quizá haya algunas excepciones, pero la fobia es genérica y no distingue.
 
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