Opinión / Columna
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Arnau Muriá
¿Multilingüismo, riqueza o pobreza?
El Occidental
19 de noviembre de 2009
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Todos hemos batallado más de una vez por querer entender algo que está en otro idioma. Llámese cine, revistas, programas de televisión o en casos extremos y más puntuales indicaciones como la salida de un vuelo, el nombre de una calle o la ubicación de un hospital.
La maldición de Babel no nos lo permite. Ilusamente, nos ponemos a pensar que pasaría si de un día para otro todos nos levantáramos hablando el mismo idioma. Llámese inglés, español, arameo o esperanto, que la maldición de Babel nos fuera levantada y de un momento para el otro pudiéramos hablar todos con todos y entender con toda claridad y precisión lo que el otro nos dice.
Los hombres de negocios cerrarían con mayor facilidad sus transacciones, los estudiantes y los estudiosos podrían leer artículos de todo el mundo y el conocimiento de unos sectores del planeta tardaría, vía internet, poquísimo en difundirse, puesto que no contarían con la cortapisa de la traducción.
Ciertamente el conocimiento y la comunicación fluirían con menos tropiezos alrededor del mundo, y no cabe duda que la función de un idioma es comunicar. Pero hay que entender que comunicar parte de dos procesos, expresar por un lado y entender por el otro.
Aquí es donde empiezan los problemas, diversos idiomas expresan ideas distintas que se expresan con varias palabras lo que en otro idioma tienen una sola expresión. Ejemplo en español querer, estimar, gustar y amar son palabras bien diferenciadas, sin embargo en francés son conceptos que se unifican en el verbo aimer y en el inglés en el verbo to love.
También tenemos el caso de conceptos surgidos en otra cultura que no tienen un parangón específico en el idioma de otra. Por ejemplo la palabra catalana ceny que significaría más o menos responsabilidad, comportamiento juicioso o prudencia según sea el caso o su antónimo que sería la rauxa que quiere decir algo combinado entre la euforia, la despreocupación, la alegría y la irresponsabilidad.
Lo cierto es que de establecerse como lenguaje único alguno de los que hoy por hoy se hablan o inclusive de los que alguna vez fueron hablados, por definición y necesidad conceptos propios y autóctonos de muchas culturas y expresados en sus lenguas se quedarían sin lugar en un nuevo idioma uniformante y, según algunos, robotizante.
A mayor abundamiento, cabría explicar que los diversos idiomas reflejan las diferentes maneras de construir el pensamiento en diversas culturas por lo que un idioma único cancelaría otras formas de pensamiento y conocimiento, por lo la lengua única que en vez de enriquecernos, en cuanto a conocimiento, nos empobrecería.
Por ejemplo se habla de que los sajones tienen un pensamiento lineal, mientras que los orientales lo tienen espiral y los latino americanos lo tenemos en línea quebrada, tal y como es como nos expresamos. Por supuesto esto es una generalización y no presupone que ningún idioma sea superior al otro, conveniendo clarificar que una lengua única dejaría sin efecto a alguna de las tendencias.
En contra, sin embargo, se argumenta que toda lengua única acabaría siendo enriquecida por los nuevos conceptos surgidos de diversas realidades culturales. Así las peculiaridades de cada lugar y cultura pernearían en el idioma en cuestión.
En contrapartida entonces argumentaría que eso fue, por ejemplo, lo que le ocurrió al latín que fue incorporando las peculiaridades lingüísticas de las regiones en las que se estableció. Sin embargo, las peculiaridades ligüísticas pernearon el latín en cada lugar diferente de manera diferente y eso dio lugar a que se fragmentara en diversas leguas romances. Es decir la expresión única acabó cediendo a la necesidad de expresión individual de cada colectivo cultural.
Si la era de los medios de comunicación conseguirá uniformar la forma de hablar y de pensar del mundo, o simplemente recogerán y contrastarán las diferencias es cosa que no se puede resolver, lo único que nos queda es observar.
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