Opinión
Magdiel Gómez Muñiz
"Mientras agonizo"

El Occidental
8 de noviembre de 2008

William Harrison Faulkner había nacido en New Albany, Mississippi un otoño de 1897. Vivió la mayor parte del tiempo en Oxford, -en el corazón de las plantaciones algodoneras- en el que el fermentado estilo de vida de los esclavos se mezclaba con olor a muerte y enfermedad (situaciones no muy gratas para el poeta que fue herido en conflictos bélicos europeos).

"El fauno de mármol"; "La paga del soldado"; "Mientras agonizo" fueron sólo algunas de sus trece obras maestras que lo aproximaron en 1949 a ser candidato del Premio Nobel de Literatura -premio que en octubre de ese año la Academia Sueca no se pudo poner de acuerdo para declararlo ganador- y que solo hasta un año después el Comité del Nobel había decidido otorgar con carácter de retroactivo dicha presea. Bertrand Russell y él compartieron pódium en el 50.

Mentor de Gabriel García Márquez, -aquel Márquez que todavía no había dibujado a Macondo como el territorio donde Remedios la Bella ascendería al cielo entre sábanas impolutas y mariposas amarillas- dejó un decálogo que si se aplica a "pie juntillas" a nuestra realidad mexicana se podría reinterpretar la forma de hacer y entender la política.

Es bien sabido que con el lamentable deceso de Juan Camilo Mouriño el Estado tendrá que hacer "uso legítimo de la violencia" para continuar con un proyecto que desde Secretaría de Gobernación se venía fraguando (el objetivo limpiar a México de la delincuencia), proyecto, no menor, que recaerá en el nuevo ciudadano que tome las riendas de la acción policial. Faulkner sostenía que nuestra tragedia de hoy es un miedo físico general tan largamente padecido que apenas lo podemos soportar. Lo más despreciable de todo es tener miedo; con justa razón el Nobel vaticina que mientras no se aprenda a dejar de lado todo aquello que nos encadena a la agonía, el final del hombre está próximo. El último campanazo del Apocalipsis será la antesala de la derrota.

Hoy que México enfrenta una de las más duras batallas a lo largo de su historia, es deber del político trabajar con el ejemplo de la congruencia entre sus acciones y su discursos, ya que tiene la noble labor y el privilegio de ayudar a la sociedad organizada a resistir los embates de escenarios en los que "el hombre es el lobo para el hombre". En esta misantropía del sistema político mexicano no podemos continuar como Anse Bundreen y su familia, que bajo un aguacero interminable, con el cadáver de su esposa en un ataúd podrido buscaban un lugar para darle sepultura (Mientras Agonizo 1930). Muchos analistas políticos delinean una década muy cruenta y su exordio (que se une al mío) es para todos aquellos hombres que se niegan a aceptar derrotas y que tienen fe en el individuo. No por ser el único entre todas las criaturas que posee una voz inagotable, sino porque tiene un alma, un espíritu capaz de compasión y sacrificio y fortaleza. Los espacios de la política se deben llenar con los mejores hombres y no debemos permitir llevar a cuestas un país muerto (de miedo, de hambre, de frustraciones) al camposanto del sueño de los justos.
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