Opinión
Hiram Abel Ángel Lara
¿Keynes tenía razón? El Estado regresa

El Occidental
10 de octubre de 2008

Cuando algunos de nuestros gobernantes acudieron a la universidad a formarse en algunas áreas de la economía y las políticas públicas, leyeron y aprendieron sobre una máxima fundamental para el crecimiento económico: los mercados son los motores del desarrollo y solos se equilibran ante cualquier distorsión, si no se deja que alcancen tal equilibrio y se apuesta por la participación gubernamental hay que cuidar que la misma sea moderada, de lo contrario, se agravaran los problemas económicos.

El argumento de la ortodoxia económica iba aún más lejos al sostener que el Estado sólo debería inducir a la promoción de la eficiencia, tal era la justificación de las reformas institucionales y de los tomadores de decisión (Policy makers). La teoría sostenía que lo ideal era evitar al máximo las intervenciones gubernamentales, pues ese tremendo Leviatán hobbesiano era capaz de distorsionar los equilibrios naturales del intercambio y entonces vendría el ocaso económico para las naciones. Esa fue la razón de que se sostuviera que los programas y subsidio a bienes de consumo popular fueran insostenibles para las finanzas públicas; también que se evitarán precios de garantía para proteger los mercados agrícolas y, finalmente, acabar con barreras arancelarias cuyo objetivo era proteger ciertos sectores industriales.

Desde la época de Carlos Salinas al gobierno de Vicente Fox se trataron de seguir todas las recomendaciones, así, el príncipe (el mercado) fue sustituyendo paso a paso y durante cerca de 20 años a su majestad (el Estado) por ser viejo, pesado y keynesiano.

La historia económica de los últimos días ha puesto las cosas nuevamente en su lugar y en la mayoría de los países el mercado recurre a sus gobierno en búsqueda de ayuda. Ya no se trata de una intervención moderada, es activismo estatal puro y llano. La nueva enseñanza es que los mercados no se equilibran y que no necesitan de ayuda del gobierno para distorsionarse, lo pueden hacer solos y mucho mejor que con la intervención. El odiado enemigo es ahora el único aliado que puede poner las cosas en su lugar, el intervencionismo es hoy más que nunca necesario. De allí que los cinco puntos de Calderón, que conforman la estrategia de combate a la crisis mundial, reflejen la necesidad de abrir las arcas del Gobierno para hacer que fluyan los recursos y con ello se incentive la inversión de carácter público, se traten de mantener empleos y el gasto se pueda trasladar a los privados para impulsar la demanda.

Sin embargo la cosa no es tan fácil como la anunció el Presidente. Para ampliar el gasto público se necesita que haya recursos, los cuales deberían salir de la venta de petróleo, de las remesas y los impuestos (que se recarga todavía en una base muy pequeña de contribuyentes). Las malas noticias es que dos de esos pilares del ingreso gubernamental están en dificultades.

En el caso del petróleo las predicciones sobre su valor en el mercado van a la baja y, según algunos analistas, para el 2009 sólo se alcanzaría el precio de unos 50 dólares por barril. Por otra parte, la caída en las remesas es ya significativa (12.2% anual respecto al año anterior) y, de acuerdo a trabajos recientes del Pew Hispanic Center, las expectativas de empleo para los latinos (y en ellos se incluyen los mexicanos) no son halagüeñas; los inmigrantes mexicanos han reducido sus ingresos y enfrentan mayores dificultades para conseguir empleo dada su condición étnica y los problemas que enfrenta el mercado inmobiliario, donde se ocupaban cerca del 15%.

Las preguntas saltan a la vista ¿de dónde tomará el Gobierno mexicano recursos para tratar de evitar al máximo los efectos de la declarada recesión mundial? ¿Qué efecto real tendrá sobre las variables macroeconómicas más importantes? Las iniciativas van dirigidas a reacomodar la inversión del gobierno en sectores específicos (infraestructura), ajustar expectativas y fortalecer los mercados internos (una forma de protección). Sin embargo falta aún algo: reajustar los salarios y gastos gubernamentales de la alta burocracia; hoy en día la austeridad debe alcanzar a todos, incluidos los partidos políticos y sus onerosas campañas a punto de comenzar.

El neokeynesianismo que viene llama la atención, sobre todo porque refleja una tendencia que a poco a poco se irá generalizando y que nos llevará a replantear los paradigmas del desarrollo nacional y mundial. Ya comienza hablarse de que es necesario rediseñar las estructuras financieras internacionales: FMI y BM. ¿Se habrán terminado los días en que la mano invisible lo podía todo? Nuevas épocas están ya a la vuelta de la esquina, también otras incertidumbres.

hiram.angel@gmail.com
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