Opinión
Jorge Gómez Naredo
La clase política en decadencia

El Occidental
30 de julio de 2007

Andrés Manuel López Obrador publicó, hace algunas semanas, un libro donde expone de manera precisa su visión del país, su historia como líder social, como político y la historia de lo sucedido en las elecciones de julio de 2006, cuando el Partido Acción Nacional, aliado con el entonces presidente de México, Vicente Fox Quesada, y con la élite empresarial, decidieron llevar a efecto un fraude que puso a México al borde del caos y del estallido social. La obra se intitula "La mafia nos robó la presidencia". "Sólo le han quitado una pluma a nuestro gallo".

En este texto se observa claramente el rechazo del tabasqueño hacia la manera tradicional de hacer política, hacia las componendas hechas arriba, entre iguales, donde nunca se toma en cuenta el interés del pueblo ni de las mayorías. Al respecto argumenta: "El político de arriba sólo se relaciona con otros políticos. La vida del político tradicional es muy distinta a la del dirigente social. Para el político tradicional, su agenda consiste en desayunar con otro político, con empresarios o periodistas; comer de la misma manera, con sus iguales, los de la llamada sociedad política". El rechazo de la sociedad hacia la élite política es constante y se observa en todo momento: es una situación que se vive, se siente, se experimenta. No cabe duda que existe un grave problema en el sistema de representación y todo ello se ha agravado con el fraude electoral de 2006.

En México, las veleidades de los políticos "profesionales" han provocado el rechazo de la sociedad hacia todo lo que tenga que ver con política. Este fenómeno no beneficia a la ciudadanía misma, pues ésta, conociendo los escándalos de corrupción de los de "arriba", prefiere alejarse de todo lo tocante a la política, considerándola, ipso facto, como denigrante y venal. Y tiene razón. ¿Cómo congeniar con personajes como Vicente Fox, Diego Fernández de Cevallos, Emilio Gamboa Patrón, Manlio Fabio Beltrones, Elba Esther Gordillo y tantos otros que por ahí, en corrillos de restaurantes lujosos o en edificios de Secretarías de Estado, hacen sus amarres y sus componendas? ¿Cómo decirle a la sociedad: "la política es importante para tu bienestar colectivo", si personajes como Mario Marín, Felipe Calderón, Francisco Ramírez Acuña o Ulises Ruiz se arrogan el manejo de todo lo "político"?

Pero esta élite política corrupta no actúa de manera solitaria, sino que se apoya y se complementa con otros grupos. López Obrador la define como la mafia, "un grupo que detenta el poder para mantener y acrecentar privilegios a costa del bienestar de las mayorías. La peculiaridad de esta élite es que la integran traficantes de influencias, comunicadores, representantes empresariales, líderes sindicales y políticos tradicionales que, en lo cotidiano, actúan por separado, ocupándose cada quien de sus asuntos. Pero cuando se trata de defender intereses particulares o de grupo y, sobre todo, cuando advierten que pueden ser desplazados [...] se asocian y se disciplinan de manera jerárquica y operan como una especie de hermandad".

No cabe duda que en México existe una mafia político-económica que decide quién puede y quién no puede gobernar. Ellos eligen qué es bueno y qué es malo, qué es políticamente correcto y qué merece ser castigado. Están alejados de los problemas cotidianos de la sociedad, no los ven, no los oyen, no los sienten y no los experimentan. Todo lo logran gracias a acuerdos con los dueños de los grandes medios de comunicación, que, cuando la coyuntura así lo amerita, actúan al unísono para beneficiar a la élite: Esto sucedió con el fraude electoral de julio de 2006.

Andrés Manuel López Obrador, en las últimas páginas de su libro, argumenta: "estoy absolutamente convencido de que el remedio a los males que aquejan y atormentan a la nación, no vendrá de la élite que detenta el poder en nuestro país". Es una verdad irrefutable. México precisa cambiar, transformarse, repartir la riqueza, eliminar o, en el mejor de los casos, aminorar la desigualdad y las injusticias que a diario se cometen. Estas transformaciones no vendrán de arriba, sino de abajo, de la sociedad organizada. Por eso la necesidad imperante de un cambio en las conciencias, de un pueblo más combativo y más lleno de esperanzas en hacer del país un lugar digno para vivir.

jgnaredo@hotmail.com
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