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Opinión
![]() Jorge Gómez Naredo
¿Ha cambiado algo?
El Occidental
23 de julio de 2007
Nuevamente se juntaron, muy juntos, ambos platicando, sonriendo, enfrente de las cámaras fotográficas y de vídeo. Parecía que posaban, cada mirada, cada movimiento, cada músculo del rostro que se movía así lo indicaba. Estaban ahí los dos hombres fuertes del PAN en Jalisco, con sus grupos, sus allegados, sus incondicionales: Francisco Ramírez Acuña, actual Secretario de Gobernación, y Emilio González Márquez, el gobernador. El primero con mayor jerarquía, ufano, estrenando su cargo, su gran cargo, su poder en el país, regresando al terruño, al mero terruño: "véanme", parecía que decía: "soy yo, el Secretario de Gobernación, un peldaño abajo del máximo jefe de este país". Y González Márquez, el jeque estatal, que aspira, porque lo hace, a la grande, a la más grande: a la presidencia de la república. Por eso el encono y la fiereza con las cuales ambos se disputan palmo a palmo cada puesto de representación popular y el control del PAN Jalisco. La lucha, a pesar de las sonrisas, es encarnizada.
Ramírez Acuña vino con su camarada, su cómplice, su amigo, el empresario lechero convertido en político, también ufano y también sonriendo: Abraham González Uyeda. Ambos en representación de Felipe Calderón, del poder federal, de la nación. González Márquez, por su parte, estaba acompañado de sus colaboradores, de sus incondicionales, uno de ellos, Fernando Guzmán Pérez Peláez. Un choque de trenes, un duelo de poder en busca de los mejores beneficios políticos. Ambos, Ramírez Acuña y González Márquez, sueñan, desean, aspiran y anhelan la presidencia de la república. Uno desde el poder federal, otro, desde el gobierno del Estado de Jalisco. Y es ahí donde comienzan los problemas para la sociedad, para el pueblo, para todos aquellos que piensan que la clase política mexicana actúa en beneficio de ellos, de la democracia, del bien común. Cuando el PAN arribó al poder, lo hizo como un partido que había sido marginado por el entonces organismo político hegemónico, el PRI. Llegó como el contrincante, como el débil que representaba una esperanza. Buena parte de la población confió en él, en sus miembros, en sus discursos, en sus propuestas, en la promesa de erradicar la corrupción, de ver por fin un cambio. Pero las cosas no fueron así y rápidamente el PAN claudicó a sus ideales y se mostró corrupto, igual o más que los mismísimos priístas. Ahora, Francisco Ramírez Acuña y Emilio González Márquez representan no la alternativa, no una forma de transformar a México, sino la adaptación y la continuidad. El primero, cuando pasó por la gubernatura del Estado de Jalisco, no dudó ni un minuto en reprimir a jóvenes que su único delito fue protestar: mostró un inefable desdén por el pueblo y una infinita indiferencia hacia los jaliscienses. González Márquez, por su parte, aprovecha su carisma para colocarse, por todos los medios posibles, en la escena pública de la nación: por eso desvió fondos públicos (acción disfrazada de donación) a Espacio 2007, esperando a cambio el favor de Televisa. Parecería que nada ha cambiado del régimen priísta: continúa la pleitesía hacia el poderoso, las charlas entre "personas importantes". El valor de la política, de hacer algo en beneficio del pueblo cuando se está en el poder, parece ser que no importa a los panistas. Todo es forma y arreglos, todo es plática y componendas, todo es pavonearse para que vean quién manda, quién obedece, quién es el jefe. "Llegó el Secretario de Gobernación" y hay que respetarlo, adorarlo, poner una sonrisa, abrazarlo, rendirle culto. ¿Cuándo entenderán quienes forman parte de la clase política mexicana que el poder no sirve de nada si no se usa para beneficiar al pobre, al débil, al desprotegido? El jueves pasado, cuando Ramírez Acuña arribó al hotel Camino Real y lo esperaba ahí la élite política estatal, parecería que nada había cambiado, que se estaba en una reunión de priístas de los años setenta, que los supuestos cambios democráticos no habían valido la pena, que el poderoso seguía siendo poderoso y que la indiferencia y el desdén al pueblo continuaban siendo los mismos y, lo más importante, que las luchas, las lágrimas, los sufrimientos de quienes pelearon por hacer de México un país más justo, más ético y más igualitario, de nada habían servido. ¡Qué triste! jgnaredo@hotmail.com http://mas-de-un-avez.blogspot.com Columnas anteriores
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