Opinión / Columna
 
José de Jesús Martínez Gil 
La falta de integridad
El Occidental
21 de noviembre de 2009

  Debido a la falta de formación espiritual, ética y moral, ha venido disminuyendo la integridad y la dignidad de la persona en su actuar, ya sea en su vida pública o privada, pues el relajamiento y la disminución de los valores ha venido golpeando fuertemente a la sociedad.

En efecto, cada vez vemos, con mayor frecuencia, cómo es fácil encontrar casos en los que por motivos económicos o políticos las personas se hacen las desentendidas ante una situación de injusticia, lo que paulatinamente va demeritando y termina por hacer a un lado lo que desde un principio debería haber presentado como defensa en su espíritu y en su conducta, me refiero a su moral y a su ética, las que no le hubieran permitido aceptar determinadas situaciones, si desde sus inicios se hubiera fortalecido en dichos principios.

También es cada vez más difícil encontrar personas, que con base en esa integridad o dignidad, puedan dar ejemplo en todos aspectos ante la sociedad y el medio en que viven y mucho más difícil, es encontrar estas características entre los políticos y algunos dirigentes de sociedades intermedias, pues según parece, lo que les interesa es el protagonismo, la adulación y sobre todo su proyección al futuro.

Es motivo de desorden social la codicia, el afán de lucro, la envidia, la ambición de poder, el materialismo económico, político y filosófico, así como otras actitudes y formas de pensar que en lugar de hacer el bien, hacer el mal.

Santo Tomás señalaba que el mal es la ausencia de un buen que un determinado ser debería tener, por eso, es necesario pensar que el único y el bien verdadero y en este caso, el fin que toda persona, debe ser lograr la felicidad eterna cuando dejemos este mundo y creo que para ello será indispensable que al final en nuestra vida llevemos a cabo una valoración en nuestro comportamiento, para determinar si fue con integridad y dignidad, o si en su defecto, sacrificamos lo mucho por lo menos, naturalmente que en esto juega en papel principalísimo la recta conciencia y la recta razón.

Muchas personas con el pretexto de la libertad, que la mayoría de las veces no saben qué es, ni para qué sirve, prefieren actuar que pensar, pues si esto último lo llevaran a cabo en primer término, se darían cuenta que con sus actos o con sus omisiones pueden causar un daño muy grande a la sociedad, a ellos mismos y a sus familias. En efecto para Aristóteles la libertad es una propiedad de la voluntad que se realiza por medio de la verdad, por lo tanto, no existe la libertad sin la verdad.

La libertad es una categoría ética. Aristóteles lo enseñó, ante todo en su "Ética a Nicómaco", construida sobre la base de la verdad racional. Esta ética natural fue adoptada básicamente por Santo Tomás en su "Suma Teológica".

De lo anterior se desprende que la libertad y la verdad está íntimamente unidas para buscar y llevar a cabo una verdadera solidaridad humana que tenga como fin la justicia social y en consecuencia hacer a un lado la maldad y trabajar por el bien.

La integridad se encuentra también íntimamente ligada con la búsqueda y el ejercicio de la verdad, en un ámbito en donde la libertad es necesaria e indispensable y eso significa que todos nuestros actos deben ser libres para colaborar en la obtención del bien común, por eso, quienes en su vida, con sus actos y omisiones han estado sembrando una maldad, nunca podrá decirse de ellos que son personas íntegras o dignas.

Desde hace varias décadas el materialismo económico y en el momento actual, la crisis económica, nos ha venido arrastrando a pensar menos en Jesucristo que es el único Creador y Salvador verdadero que hay, substituyéndolo por lo económico.

Tal vez si pensáramos más en las Sagradas Escrituras y menos, en tanto y tantas leyes y reglamentos que pretenden normar nuestra vida, estaríamos en mejores condiciones en todos aspectos.
 
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