Opinión / Columna
|
Joel Díaz García
Nuestra vida al este del Edén
El Occidental
29 de octubre de 2009
|
Si los primeros seres humanos que hubo, tuvieran la oportunidad de vernos hoy en día, seguramente se sorprenderían porque hemos desarrollado y creado un mundo que hubiera sido inimaginable para ellos; al grado de tener sociedades en donde sus integrantes cubren por mucho las necesidades básicas. Hoy nuestra forma de abrigarnos, tener un techo o alimentarnos rebasa los mínimos indispensables, e incluso, las familias más pobres, tienen un poco más de lo que nuestros primeros antepasados hubieran deseado tener para sobrevivir. Sin embargo, mucho me temo que la principal sorpresa no sería ver el lujo, el desarrollo tecnológico, la comodidad o la facilidad de acceso a bienes de la que hoy disponemos, sino el gran vacío, el tedio, la insatisfacción, la rutina o el aburrimiento que todo ello nos genera.
Pareciera que justo cuando lo tenemos todo para ser felices, es cuando tenemos el mayor número de seres humanos infelices. Sorprendentemente creamos el Edén, no podemos disfrutarlo y preferimos vivir al este del mismo. Ello es así porque hemos aprendido a desarrollar la parte condicional de nuestro ser: esa que nos hace desear que las cosas encajen con nuestras preferencias, gustos y deseos crecientes; esa que nos hace ver todo desde una lógica material, donde el éxito y el bienestar se miden en función de los ingresos, las casas, los coches o los puestos tenidos.
La idea de progreso nos ha hecho olvidar la realidad interior de cada quien, como sí nuestro desarrollo económico implicará ir perdiendo nuestra alma. Estamos, todos, saturados de proyectos que la condición social actual nos impone. Así, las metas y logros materiales llegan, pero el vacío, el tedio, la insatisfacción, la rutina y el aburrimiento los acompañan. Por eso en la actualidad vemos personas inmensamente ricas pero solas, personas casadas pero sin amor, con importantes puestos, pero aburridas de su actividad, hermosas y deseables pero vacías en su esencia, personas que han logrado todo lo que querían y no son felices.
Hoy, por ejemplo, la mayoría de hombres y mujeres piensa más en la parte condicional de sus relaciones que en la emocional. Frente al compromiso incondicional, el encuentro de almas, el crecimiento en pareja, la atracción y las ganas de estar juntos, se sobrepone la condición social, la falsa idea del matrimonio o el vestido de blanco como garantías de felicidad, el quedar bien con los demás y no con uno mismo. Al elegir a nuestra pareja dejamos que nuestros intereses decidan primero que nuestros corazones; se prefiere al hombre o mujer rico, bien acomodado y socialmente aceptado que al que entrega desinteresadamente su corazón.
La mayoría de las personas sueñan con una vida diferente a la que tienen, con existir, pero de otra manera; pero en lugar de atender a sus pasiones, sentimientos y emociones, atienden a sus intereses y al cumplimiento de metas, que todos, menos ellos, eligieron. Una vida de aventura, emocionante, apasionada, divertida y creativa la cambiamos fácilmente por confort, lujo y comodidad; como si la evolución material nos hiciera mejores personas o la felicidad fuera una condición dependiente de los bienes.
Lograr cierta posición económica, llegar a la cúspide laboral o aterrizar en el jet set social da cierta satisfacción, pero solo es de tipo superficial porque en realidad cambiamos una pequeña porción de confort por nuestra capacidad de disfrutar la vida. La felicidad no depende de lo que tenemos sino de lo que somos, por eso cuando nos preocupamos por lo primero dejamos de ser honestos con nosotros mismos y terminamos por no respetar lo que en esencia somos. El problema es que dejamos insatisfechos a nuestro interior y éste tarde o temprano termina haciendo su aparición, porque nuestras pasiones guardadas están ahí y nunca se van. Por eso la aparición de un tercero en miles de parejas descubre el rostro de relaciones insostenibles, por eso la existencia de cambios bruscos en las actividades o profesiones de las personas, por eso centenares de personas retomando proyectos inconclusos de su vida pasada, porque conservaron oculta una cuota de cosas que antes los hacían felices.
Las sociedades que hemos creado nos dictan lo que debemos hacer y nos hacen creer que eso es lo correcto o lo que corresponde hacer, pero al atender ese dictado perdemos de vista lo que realmente nos gusta, lo que realmente nos hace bien y que un sueño es lo que hace la vida interesante. Por eso estudiamos lo que nos conviene y no lo que nos gusta, por eso el hijo o la hija se casa con el muchacho que los padres desean y no con quien ellos aman, por eso los individuos exhiben logros de los cuales no se sienten satisfechos y poseen trabajos que no disfrutan, por eso personas que acumulan riqueza y la satisfacción no se les ve por ningún lado.
Las verdades sociales para llegar a la felicidad nos han hecho perder la capacidad de atender lo que sentimos, de hacer lo que nos es más propio y de escuchar lo que nos dice nuestro yo interno, para llegar a ese estado de ánimo. Lamentablemente con ello estamos cometiendo lo que Jorge Luis Borges llama el peor de los pecados: no ser felices.
Columnas anteriores
Columnas anteriores