Opinión / Columna
 
Joel Díaz García  
Los mexicanos, la mediocridad y Shackleton
El Occidental
11 de noviembre de 2009

  Durante las últimas décadas algunas generaciones de mexicanos (la de los 60 y 70, principalmente) hemos buscado que el país cambie: producto de ello se han modificado algunas leyes, los gobiernos, la participación política, nuestras formas de relacionarnos, nuestras actividades económicas. Sin embargo, seguimos atorados figurando que hemos cambiado para quedar donde mismo. El ejemplo más claro de nuestros esfuerzos infructuosos es tal vez nuestro desempeño deportivo, mismo en el que siempre perdemos en penales, como nos sucedió recientemente con la Sub-17, donde siempre nos quedamos en el "ya merito" o en el "ya sabíamos".

No es comprensible porque teniendo los mexicanos talento, fuerza de voluntad, gran capacidad de trabajo, siempre prevalece un sentimiento de derrota anticipada ante nuestras batallas cotidianas. Somos un país que le ha dado al mundo muestras de hechos sorprendentes e insuperables, no obstante, pronto nos olvidamos de nuestros aciertos y ponemos mayor acento en nuestras derrotas. Por ejemplo, nos hemos organizado con disciplina perfecta ante emergencias como la de 1985 o frente a la reciente pandemia de influenza, mostrando al mundo que somos capaces de ser solidarios y, sobre todo, que podemos cuidar de nosotros mismos mejor que cualquiera. Qué decir de nuestros connacionales en el extranjero que nos han enseñado que se pueden vencer obstáculos y se puede construir un patrimonio con éxito, incluso en naciones donde somos fuertemente discriminados.

Tal vez sea cierto lo que Octavio Paz decía: somos un pueblo que se sigue viendo como derrotado, avasallado por los conquistadores. No podemos y no nos hemos atrevido a dar el paso decisivo para dejar atrás nuestra sumisión y el rendimiento anticipado que tenemos frente a los demás. ¿Hasta cuándo prevalecerá nuestra irremediable creencia de que somos un pueblo vencido que debe soportar resignadamente sus fracasos?

Somos tan conformistas que hasta para protestar lo hacemos en calidad de acarreados, somos tan complacientes que protestamos por todo, pero olvidamos poner manos a la obra para cambiar las cosas. Las nuevas generaciones de mexicanos necesitan adquirir una actitud de alta autoestima y de confianza que les permita romper con nuestra cultura del fracaso. México necesita de hombres y mujeres que canalicen su inconformidad por la vía de la propuesta y de las soluciones, porque la protesta permanente no genera soluciones, las generan quienes piensan en soluciones y se atreven a innovar, que no dudan de sí y sus capacidades.

Necesitamos de mexicanos llenos de metas, cuya existencia esté dedicada a alcanzarlas. No importa si son grandes o pequeñas, reales o ilusorias; lo importante en ello es que nuestras mentes no permanezcan ociosas. El bienestar individual y colectivo se logra al trabajar para conseguir las metas y ese trabajo nos enriquece de manera increíble como personas.

Recientemente conocí de una historia que nos puede ilustrar de lo que habló: la de Ernest Henry Shackleton. Un explorador británico que tras participar en dos intentos fallidos por llegar al Polo Sur se lanza en el reto de atravesar a pie toda la Antártida a principios del siglo XX. Para ello busco una tripulación que le ayudara a llegar a ese destino y publicó en 1914 el siguiente anuncio en los diarios ingleses: "Se buscan hombres para un viaje peligroso. Sueldo bajo. Mucho frío. No se asegura retorno con vida. Honor y reconocimiento en caso de éxito".

Ernest nunca logró su objetivo, es más ni siquiera piso tierras antárticas, pero en la búsqueda de esa meta logró una de las más fascinantes historias de sobrevivencia en situaciones límite que haya conocido la humanidad. Las más despiadadas condiciones ambientales hicieron que su barco quedará inmovilizado por los témpanos de hielo y de ahí él y su tripulación tuvo que instalar un campamento por 10 meses en espera de mejores condiciones ambientales. Nunca llegaron esas condiciones y el barco fue destruido por las frías temperaturas. Para salir de donde estaban fracasaron en un intento de caminar hacia el Norte debido al aumento de la temperatura que debilitaba el hielo y terminaron optando por abordar un témpano lo suficientemente sólido que los llevara a tierra firme (ahí vivieron cuatro meses de calentar agua y comer focas). Después de cuatro meses tocaron tierra firme en una isla desierta. La única posibilidad de sobrevivencia era que algunos de ellos se hicieran a la mar en un pequeño bote, menor a los cinco metros, para atravesar mil 500 kilómetros hasta el poblado más próximo, pero en condiciones innavegables por los turbulentos vientos que caracterizan esos mares. Lograron desembarcar pero a 30 kilómetros de una estación ballenera y para llegar a ella tuvieron que atravesar cumbres bastante inclinadas con una sola cuerda.

Las dotes de liderazgo de Shackleton y su enorme determinación hicieron que un grupo de 28 personas se sobrepusieran al frío invierno, el hambre, el miedo y la desesperación. Sin embargo, lograron regresar a la civilización sin sufrir una sola pérdida. Esa historia nos debería de servir a los mexicanos para aprender cosas básicas: estar dispuestos a asumir el riesgo, nunca perder de vista la última meta, conservar el optimismo y la autoconfianza, y, sobre todo, saber que como sociedad somos uno.
 
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