Opinión / Columna
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David Aréchiga Landeros
El 7 de noviembre de 1907, no se olvida
El Occidental
4 de noviembre de 2009
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DE TODO UN POCO
El estado de Sonora ha aportado hombres importantes que participaron en la Revolución Mexicana de 1910, entre otros, los generales Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles, hombres que sobre la marcha revolucionaria se fueron forjando como militares y estadistas intuitivos, cuya participación como presidentes de la República fue trascendente, discutidos, repudiados por unos, respetados por otros, con errores y aciertos, pero quienes en general, tuvieron la gran visión y tomaron decisiones polémicas y drásticas con la mira de convertir la Revolución en una institución que aglutinara todas las corrientes políticas, con el objetivo principal de que en el futuro nuestro país pudiera desarrollarse con paz y armonía, y aquí estamos todavía, con muchos trabajos, intentando llegar al objetivo.
En Sonora, ocurrieron hechos previos a la Revolución, como fue la huelga de Cananea, en 1906, en donde participaron personajes tan importantes como Manuel M. Diéguez y Esteban Baca Calderón, entre muchos otros líderes del movimiento obrero de los mineros, donde perdieron la vida decenas de trabajadores por solicitar la jornada de ocho horas, salarios justos y demás prestaciones, que después se convirtieron en ley en la Constitución Mexicana de 1917.
Pero Sonora aportó también a un revolucionario del humanismo, que sin empuñar las armas contra gobierno alguno, puso el ejemplo de lo que es el amor a sus semejantes, al convertirse en el héroe civil de mayor trascendencia internacional, salvando al pueblo minero de Nacozari, Sonora, con mas de seis mil habitantes, cuando al incendiarse dos furgones de ferrocarril repletos de dinamita, se decidió a engancharlos a la locomotora que manejaba, como maquinista ferrocarrilero de la mina de cobre, con el fin de retirarlos lejos de la población, logrando su propósito y muriendo cuando la máquina y los furgones estallaron fuera del pueblo.
Algunos testigos narran lo ocurrido aquel 7 de noviembre de 1907: "La explosión es tan fenomenal, que las góndolas en que va cargada la pólvora desaparecen por completo. Jesús muere al instante, arrojado contra el frente de la caseta. La mayor parte de la locomotora desaparece, y el cuerpo mutilado de Jesús cae entre las ruedas posteriores. Un terremoto sacude a Nacozari, y a pesar de la protección que ofrece el cerro, la onda de choque rompe ventanas por todo el pueblo. Los platos se caen de las mesas y de los armarios. Un niño de cuatro años de edad jamás olvidará aquel trueno, pues se oyó a diez millas de Nacozari. Una señora se endereza de su tarea en el jardín y se siente mareada con el estruendo de los ecos, y sigue con la vista el vuelo de despojos metálicos y piedra del centro de la nube que hierve de humo y polvo. Se observa la lluvia de metal que golpea sobre Nacozari, agujereando tejados, espantando el ganado y forzando a los ciudadanos en busca de refugio. Como si estuviera hipnotizada, una mujer fija la vista en un objeto volante que llega a caer a sus pies. Son dos rieles torcidos y fundidos hasta formar una "escultura". En una montaña, a distancia de dos millas y media al este del Puesto Número Seis, cae un trozo de una góndola.
"El tren queda desguarnecido. Los carros consumidos, la caseta destruida. Lo que quedó de la locomotora fuera de la vía.
Se ve el gran cráter producido por la explosión e identifican a Jesús García por medio de sus botas. A los hermanos y cuñados de Jesús les toca recoger el cuerpo y llevarlo a casa de la sensible madre, que sabía intuitivamente que aquel día Nacozari sufriría una tragedia y así lo expresó con anticipación al suceso. Antes de caer la noche el cielo relampaguea. Nacozari titubea ante los truenos que retumban en las antiguas montañas, un aguacero tan feroz como nunca se ha visto azotaba sobre el pueblo que Jesús García había salvado de una catástrofe. En el hospital, los médicos afanan toda la noche con los heridos. Una enfermera norteamericana está al cuidado de José Romero, el fogonero sobreviviente. Ya se le calma el zumbido en los oídos. Oye la tormenta y dice: -¡Yo no quería, pero Jesús me obligó a bajar! Esta noche hasta el cielo llora..."
Por eso el 7 de noviembre de 1907 no se olvida y Jesús García Corona permanece vivo en la memoria ferrocarrilera del país, como el héroe civil más importante que ha existido; al margen de discursos políticos y acontecimientos religiosos, apartado de guerras fraticidas y la violencia armada, demostrando con hechos que sobre la fuerza militar, los sermones y los discursos que se los lleva el viento, está la fuerza de la acción civil de un ciudadano dispuesto a dar la vida por salvar a seis mil personas con su única y poderosa arma: el deseo de proteger a seis mil semejantes, por el simple hecho de que los amaba tanto o más que como se amaba a sí mismo.
"Máquina 501, la que corrió por Sonora, por eso los garroteros, el que no suspira, llora..."
* Doctor en Ciencias, UdeG.
dalan16@hotmail.com
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