Opinión / Columna
 
Joel Díaz García  
Es la cultura y no la política
El Occidental
4 de noviembre de 2009

  Desde muy pequeño desarrollé una gran preocupación por nuestro entorno social, desconozco la razón de ello, tal vez el haber nacido en tiempos de permanente crisis y ver sus efectos en mi familia, me llevó a tal situación. Mi primer pensamiento para ayudar a resolver lo que sucedía en nuestra sociedad, fue la de convertirme en bombero, pero muy pronto me di cuenta que ese era un trabajo socialmente muy reconocido, pero cuya actividad no aportaba mucho a lo que yo realmente quería.

Naturalmente, como todo niño, mi segunda idea fue la de convertirme en algo más que un simple hombre: un superhéroe que pudiera dedicarse a un ideal, que consagrara su vida y usara sus poderes para hacer el bien, que tuviera el verdadero deseo de ayudar al prójimo, cuya voluntad fuera inquebrantable frente al mal y fuera paladín de la justicia. Lamentablemente muy pronto me di cuenta que carecía de poderes, que usar capa y traje de licra no era muy propio o normal en nuestro entorno, que crearse un "otro-yo" era muy complicado, que la profesión de superhéroe sólo puede ser algo vocacional y no un capricho o pasatiempo, que había aprendido artes marciales, pero carecía del dinero que me permitiera tener armas sofisticadas o tecnología para combatir a los temibles villanos. Sin embargo, mi intento fallido por convertirme en Batman, no fue en vano, pues ello arraigó en mí la convicción de que todo poder implica una gran responsabilidad, (la frase es del Hombre Araña), una sensación de fortaleza para actuar frente a los males sociales y a darme cuenta que el poder, cuando se utiliza más allá de la satisfacción propia, se convierte en algo trascendente.

Vino la juventud y logre ubicar que el poder social se ejerce a través de la política. A partir de ahí decidí que yo quería ser alguien que aportará algo a su sociedad a través de dedicarme a esa actividad de tiempo completo. Primero me convertí en líder estudiantil y después estudie ciencia política y una maestría en filosofía política. Han pasado cerca de 20 años desde aquella decisión, que me ha llevado a ocupar diversos puestos públicos, liderar grupos sociales, enseñar sobre política, opinar en diversos medios de comunicación, sobre cuáles deben ser las mejores políticas públicas, cuál es el adecuado marco institucional para tomar mejores decisiones colectivas, cuál debe ser el contenido de nuestra agenda pública, cuál debe ser el rumbo y sentido de la actividad gubernamental.

Hoy con todo ese bagaje de experiencia puedo afirmar que el tema de tener un mejor país, no es sólo político sino cultural. Es frecuente para mí escuchar que todos nuestros problemas de país se los debemos a nuestros políticos y a sus pésimas decisiones como gobernantes. Estoy seguro que una parte de nuestros problemas se lo debemos a ello, pero también estoy cierto que podríamos poner a hombres y mujeres inteligentes, honestos, preparados para la función gubernamental, en cada una de las responsabilidades públicas y aun así seguiríamos teniendo problemas. Yo preguntó ¿acaso no somos todos parte de la generación que ha fracasado en cambiar al país? ¿Dónde está lo que cada uno de nosotros ha aportado, para tener una historia diferente?

Creo que deberíamos hacer una revisión de los valores que comprenden nuestra cultura. Tenemos fenómenos culturales muy pobres y hábitos que han creado en nuestra sociedad prototipos de personas sociales que nos están haciendo daño: el relegado, el incompetente, el influyente, el corrupto, el holgazán, el gandalla, el prepotente, el macho, la mujer abnegada, el hipócrita, el moralino mojigato, el arribista, etcétera.

La cultura es el conjunto de maneras de pensar y de vivir que tenemos. La cultura está dada por la forma en que las personas resolvemos nuestros problemas y necesidades. Pedimos gobiernos honestos pero resolvemos nuestra pasada de un alto con una mordida al agente vial, pedimos mejores gobernantes pero no podemos respetar el lugar que nos toca en la fila, pedimos ciudadanos auténticos pero enseñamos a nuestros hijos a no ser como son, queremos mejores leyes pero no somos capaces de respetar los lugares de las personas minusválidas, queremos personas sensibles pero de niño te dicen cientos de veces que los hombres no lloran.

Mientras que se discuten temas de fondo como los impuestos que debemos pagar, por ejemplo, nos concentramos en los tenis que usa el hijo de un ex candidato presidencial. ¿Por qué? Porque culturalmente privilegiamos el escándalo sobre la sustancia. Y ahí todos tenemos culpa. Los hombres se distinguen por su cultura y bajo ese contexto los únicos que no pueden cambiar son los completamente idiotas. Aristóteles decía que vivir como hombre significa elegir un blanco y apuntar hacia él con toda la conducta (honor, gloria, honestidad), pues no ordenar la vida a un fin es señal de gran necedad. Tal vez somos un puñado de necios dispuestos a no cambiar.
 
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