Opinión / Columna
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Alfredo Gabriel Páramo
¿Qué pasó con la verdad?
El Occidental
31 de octubre de 2009
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SOBREVIVIR A TERRITORIO COMANCHE
Una periodista muy reconocida imparte cátedra a sus alumnos de maestría. Les asegura que los medios -para los que ella ha trabajado por décadas, de los que ha vivido- son causantes de grandes males de la sociedad, tales como la apatía, la desinformación y el engaño. "En Oaxaca -pontifica- los medios son los únicos culpables de la imagen que tiene la APPO de salvajismo, irracionalidad e ilegalidad". Lo peor, descalifica los argumentos en contra con un simple "no es cierto" y si se le piden explicaciones, voltea la cara y da la palabra a otros, con otros temas.
De acuerdo con esta forma de ver el mundo, la gente no cuenta, la gente no sufre, la gente no sabe, la gente no tiene opinión. Mi amiga Carolina Espina me pide que le diga a la famosa periodista que ella "una editora oaxaqueña, que no es famosa, pero vive en Oaxaca, conoce su gente y trabaja en un periódico de la capital del estado, puede enviarle la información que quiera para que tenga otra óptica de las cosas".
Una vez más, parece que lo que importa es la pureza ideológica y que la verdad es una víctima sin importancia; que lo que la gente opine, vea, conozca o padezca es mera anécdota, datos para ilustrar el discurso y no la esencia misma de la vida, la razón de ser del verdadero ejercicio periodístico. Vamos a recrear la Historia, a acomodarla a nuestro discurso ideológico, como lo hicieron Stalin, Hitler o Franco, total, lo único que importa es que los hechos se adecuen a nuestra visión.
¿Qué ocurrió con la búsqueda de la verdad? ¿Qué pasó con, el podré estar en desacuerdo con lo que piensas, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a expresarlo? Son víctimas de esta postmodernidad que cada vez nos muestra su verdadero rostro, su aliento podrido con olor a fascismos, a intolerancias, a descalificaciones. Ni más, ni menos.
Otra cara de este fenómeno es la censura. Desde la aberración de lo "políticamente correcto" que lleva a sin sentidos tales como decirles "afroamericanos" a los negros (¿cómo llamar a los negros que viven en África, acaso afroafricanos?), hasta la censura simplona y silvestre, que lleva a pedirles a Los Tigres del Norte, un exitosísimo grupo mexicano, caso de estudio en universidades serias de Estados Unidos y Europa, a solicitarles que no canten en la entrega de Las Lunas de Plata en el Auditorio Nacional de la Ciudad de México, "La granja", una canción que los organizadores consideran no adecuada porque, según ellos, hace apología del delito.
El periodista David Páramo comentó al aire: "la censura es censura, como quiera que se la mire; por otro lado, quién realmente puede creer que la gente, la sociedad, hace las cosas que hace porque las escucha en una canción" y recalcó: "¿A poco si escuchamos 'La ley del monte', por eso nos volvemos rancheros enamorados?"
Y es cierto. El narcotráfico no se acaba si prohibimos las canciones que hablan de él; por el contrario, recordemos que lo prohibido es más deseable. Tampoco, el amor al país se obtiene por decreto, como parecen creerlo algunos funcionarios públicos, ni, como han sugerido otros en las más elevadas esferas del poder, no hablar de los problemas de México, centrarnos "solamente en lo bueno", nos hace un mejor país.
Para sobrevivir en estas épocas es necesario apelar a la razón y a la verdad; a la honradez y al trabajo. Y tal vez, también, a la creatividad, a la ingenuidad. Hay que ser como dijera Bob Dylan y canta ahora Audra Mae, jóvenes eternos, vivir "con las manos siempre ocupadas, los pies ligeros, con cimientos sólidos que soporten los vientos del cambio y un corazón siempre alegre". Tal vez así todavía haya esperanza.
* Escritor y académico de la Escuela de Periodismo Carlos Septién García.
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