Opinión / Columna
 
Xavier Garabito 
Nada nos llevaremos...
El Occidental
31 de octubre de 2009

  DOMINIO PÚBLICO

A David Guerrero

In memoriam

¿Quién te pidió que dejaras que la vida lloviera sobre ti? Nuria Amat, sí. Y precisamente ayer decíamos y si no lo decíamos lo pensábamos, que Georges Herdem es el ensayista diverso, penetrante, agudo, novedoso y domina el difícil arte de los puntos suspensivos. Su aguda inteligencia no lo predisponía a definir ni a construir. Sus ideas no son como un conjunto de edificios sino como una red de caminos y de ríos navegables: no nos invita a estar sino a caminar.

Cuando nos hace pensar en la muerte nos dice que no es posible hablar de ella de ningún modo. Y porque, cuando creemos estar nombrándola, no hacemos sino construir una mejor coartada que aún más nos la oculte. Sólo atravesando sus huellas desplazadas -en metáforas, en mitologías y símbolos- nos es posible apreciar la feroz herida con que ese muro infranqueable nos marca.  

Morimos. Al fin, a eso se reduce todo. A eso y a no saber ni siquiera decirlo. "Nada es la muerte para nosotros, puesto que cuando estamos la muerte no está, y cuando ella llega no estamos ya nosotros". Del encuentro imposible nacen las infinitas formas desplazadas a cuyo través eso de lo cual no hablamos se venga, haciendo que en todo cuanto decimos esté acechándonos, silencioso. "Un hombre libre" -escribía Spinoza- "de nada se ocupa menos que de la muerte". Mas, ¿somos hombres libres? O somos, más bien, esos tristes predadores en cuyo inconsciente, bien descrito por Freud, aun la pulsión de deseo no es sino máscara de una pulsión de muerte, condición no decible del lenguaje humano.

Hemos tratado de seguir algunos de los caminos a cuyo través esa cosa innombrable determina todo cuanto llamamos literatura y arte. Metáforas básicas del "crepúsculo", del "tiempo en fuga" y del "viaje interior" que acaba siempre en los repetidos círculos del infierno. No de la muerte estamos hablando, pues. Sí del espacio discursivo que ella rige. Tal vez sea el sólo modo de decirla sin prestarse a ocultarla demasiado: desvelarla allá donde no está. Pensar la muerte es siempre, de un modo asombroso, pensar en lo otro.

Lo otro, en lo cual somos.

"La memoria y la muerte se responden", ha escrito Valéry. "Si el ser no se recordase, una vez producidos y desaparecidos sus conocimientos su conciencia se hallaría siempre en el mismo punto -cero- y no sobrevivía a las excitaciones". Olvidamos, sin embargo. Nos olvidamos, para poder soportarnos a nosotros mismos. ¿Paz a los muertos? ¡Qué estupidez! No hay paz para los muertos. No hay sino nada. Olvido, para nosotros que asistimos -desde lejos, siempre se asiste desde lejos- a las últimas imágenes de su esperanza, las vimos proliferar, extenderse como una pradera en llamas y las supimos, desde el primer momento, condenadas a la aniquilación.

Reconfortante sabiduría de los espectadores: apagar el televisor, el radio, archivar luego en la memoria alguna imagen mítica, rescatada al indecible horror. Nunca confesaremos la certeza suicida que nos fascinó en el gesto. No diremos nunca cómo supimos siempre que el hombre de aquella imagen era, desde el principio, un hombre muerto. ¿Es posible -hija mía- que tú mueras como tuvieron que morir los colibríes y Séneca?  

Nada nos llevaremos, nada. Ni siquiera los hijos cuya vida no nos pertenece, y ni siquiera nos atañe.

(Hoy no podría hacer "calaveras", cuando aún está tibia la voz de tu "negro", mi amigo...)
 
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