Opinión / Columna
 
César Gilabert 
Politicofobia
El Occidental
26 de octubre de 2009

  En la entrega anterior me referí a diversos tipos de fobias, partiendo de su definición nominal: trastornos de la salud emocional que se caracterizan por un miedo intenso y desproporcionado ante objetos o situaciones concretas.

Un amigo terapeuta me comentó que ha tenido pacientes con fobias increíbles; añadió que hay algunas que son fáciles de superar con buenas estrategias y apenas unas pocas sesiones. Si bien, hay otras que requieren cierta laboriosidad, tanto por parte del analista como del paciente, además, están las fobias que se curan solas. De hecho, desaparecen automáticamente no bien el paciente muere. Desde luego, la fórmula de "muerto el perro se acabó la rabia" se aplica aquí como licencia poética.

Sospecho que mi fobia a los políticos es incurable, a veces sólo escuchar sus voces aterciopeladas me producen una rara erisipela que se activa sin la presencia de estreptococos. Particularmente, la voz de Salinas de Gortari, incluso sin atender al contenido de sus palabras, concitaba en mi cabeza imágenes torcidas e infernales. Por cierto, el senador Manlio Fabio Beltrones tiene el mismo tonito emboscado.

Pero no sólo es la voz, es la presencia y la apariencia. Digamos que el actual Secretario de Hacienda no me inspira confianza. Podría pensarse que lo mío no es fobia, sino una actitud discriminatoria para con las personas con tan abundante humanidad. Pero el hecho es que la misma sensación desagradable me inspira el esbelto secretario del Trabajo, Javier Lozano Alarcón. No quiero personalizar el asunto, porque no es cuestión de personas ni siquiera de personajes, sino estrictamente se trata de su identidad como políticos profesionales. Tampoco es el color blanquiazul, porque Mario Marín o Ulises Ruiz me producen urticaria. Y Kawaghi me provoca incontrolables arcadas. Elba Esther, siguiendo con la misma alianza, también aguijonea mi diafragma. En resumen: nombre al político que sea, el factor común es la náusea, pero sobre todo miedo, porque esta clase política, en su lucha por los pedazos del pastel, no ve lo que le está haciendo al país. Parece que son conscientes de la forma en que nos perjudican. Les resulta indiferente el efecto cotidiano y concreto que produce el incremento de impuestos. Salvo en los discursos, los pobres no les interesan. Eso salta a la vista en el diseño de sus campañas y en lo que gastan al hacerlas. A los ricos les piden dinero, a los pobres votos, con la idea que protegerán a unos de otros. Por eso, enterarme de cómo anda la política nacional me instala entre la náusea y la esquizofrenia.

El punto que identifiqué mí propia fobia: a los políticos. Y al respecto, recibí más de un correo en los que otras personas expresaron la misma aversión. Sólo que, a diferencia de la definición, el miedo que provocan no es irracional y nunca será tanto que resulte desproporcionado. Y si no, pregunten al SME.

Tan sólo en esta semana, a raíz de la aprobación de la Ley de Egresos, se desató un sainete entre los panistas y los tricolores en un esfuerzo de desmarcarse de lo mismo que aprueban. Y si en funciones los legisladores son así de borrascosos, cuando el reloj político que marca los tiempos electorales, se vuelven completamente insufribles. Por la forma tan ligera en que chupan el erario, condenan a mi sensibilidad y a la del resto de la sociedad, a una sobre exposición, obligados como estamos a miles de spots de televisión, radio, teléfono e internet. Así la presencia de estos seres avariciosos se torna más activa por cuanto que han de realizar campañas para obtener los votos que los convertirán en autoridad.
 
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