Opinión / Columna
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César Gilabert
Autofobia
El Occidental
19 de octubre de 2009
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Las fobias son trastornos de la salud emocional que se caracterizan por un miedo intenso y desproporcionado ante objetos o situaciones concretas. El tipo de fobia depende, por lo tanto, de los objetos o situaciones que inspiran ese temor excesivo. Hay fobias que son fáciles de entender, porque hasta cierto punto nuestro propio rechazo crea empatía y sólo nos separamos por la conducta exagerada.
La aracnofobia, como su etimología indica, es miedo a las arañas. Desde luego, es una de las fobias más comunes y posiblemente la fobia de animales más extendida, aunque las víboras, las ratas, las cucarachas, tendrían lo suyo para acreditar un sentimiento repugnante. En cualquier caso, hay personas que procuran mantenerse alejadas de sitios donde creen que habitan arañas, es algo que puedo compartir hasta cierto punto, pero el personaje de Spiderman me cae bien.
Asimismo, la escatofobia o miedo a las heces fecales, tiene un motivo inicial de aversión que podemos entender. En todo caso, su antónimo, la parafilia denominada coprofilia, consistente en la atracción por oler, saborear o ver el acto de defecar, cuya satisfacción produce placer por sí mismo o se procura como medio de excitación sexual, es algo que a ojos vistos no incita empatía alguna y por lo tanto, todo el camino, se manifiesta como un trastorno mental. Ni siquiera por el hecho de que Nietzsche, el gran filósofo que en uno de sus aspectos de locura, más allá del bien y del mal, al parecer comía con fruición sus excrementos, le aporta lustre a lo que a todas luces es una conducta incomprensible, apenas propia de hamsters, koalas, escarabajos, moscas...
Hay, pues, fobias de lo más raras e indiscernibles, a menos que se conozca el diagnóstico completo y la historia de quien la padece: araquibutirofobia o miedo a las cáscaras de los cacahuates, que se expresa también en el temor a que la mantequilla de maní o similar se quede pegada al paladar; o la consecotaleofobia o miedo a los palillos chinos. Estasifobia: miedo a estar de pie. En fin, hay una cantidad enorme de cosas o situaciones capaces de inspirar miedos irracionales, injustificados y persistentes, que producen una nomenclatura en verdad desconcertante: fronemofobia o medio a pensar; zeusofobia o medio a seres superiores. Eisoptrofobia o miedo a los espejos.
Además, están las fobias más comunes: claustrofobia, agorafobia, acrofobia, carcinofobia, etcétera. Sin embargo, hay una que me llamó poderosamente la atención y casi me llena de espanto: autofobia o miedo de uno mismo, que también se extiende al miedo a la soledad, porque, si bien entiendo, estar solo obliga a estar con uno mismo. Eso fomenta una necesidad excesiva, trastocada, de estar acompañado, por lo cual rápidamente se traban así relaciones de codependencia, que en lugar de traer felicidad o cuando menos tregua, producen sufrimiento, abuso y resentimiento.
La idea me parece alarmante debido a que, por definición, el terror de uno mismo que entraña la autofobia carece de fundamentos. Lo realmente terrorífico sería que el miedo de uno mismo estuviera justificado, pero entonces sería un tipo de fobia que no encontré formalmente pero sería algo así como políticosfobia. No miedo a la política, puesto que, en rigor, es la búsqueda del bien común, sino miedo a una raza especial de seres humanos, enfermos de poder, que los hace avaros, cínicos, desconsiderados, mentirosos, en suma: ratas de dos patas, diría Paquita la del Barrio. Quizá me excedí, pero sí les tengo miedo, entenderán que es una de las fobias que pueden despertar empatía: aversión a los políticos.
Por eso de pronto, le digo a mi mujer: Ten miedo de mí, siguiendo el estribillo de Fernando Delgadillo.
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