Opinión / Columna
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Alma Valdés Salas
Más vale hermosa revuelta que fea compuesta
El Occidental
16 de octubre de 2009
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ANÁLISIS MEDIÁTICO
Las mujeres seguimos siendo blanco privilegiado de los talleres de metamorfosis del cuerpo o del marketing de los productos cosméticos. La seducción del hombre está en lo que hace, pero culturalmente en México, la fórmula brutal pero acertada de Simone Signoret que decía: "De una mujer que envejece se dice que es un vejestorio, de un hombre de la misma edad se dice: Tiene buena pinta".
En el comercio de la seducción, la mujer no vale más que lo que vale su cuerpo y son mayoría en la clientela de las clínicas de cirugía, donde acuden a modelar sus senos y nalgas, deshacerse de las grasas superfluas o luchar contra las huellas físicas del envejecimiento. Se las juzga sin piedad por su apariencia, su seducción, su juventud y no encuentra salvación fuera de eso.
Para bien o para mal, la piel porta las huellas de la memoria: nuestros traumas, heridas, goces... todas nuestras cicatrices de existencia. Los tatuajes y los piercings a menudo son las páginas arrancadas de un diario escrito sobre la piel misma. La marca es la huella cutánea de un momento o parteaguas en la existencia: un encuentro, un aniversario, un éxito o un duelo. Hacer de sí mismo una obra conjura a veces una vida demasiado regulada o por el contrario, caótica... Es una forma irremediable de penitencia y de inagotable fabricación de la identidad personal.
Así, la penitencia la marca la moda, la globalización y el plus que nos puede aportar el vernos bien, hace de esa práctica acompañada de cinismo, camuflaje un acto de formalidad y profesionalismo, hace del abuso y la ignorancia, un hecho "bello" menos soportable.
Sin duda desde la antigüedad, las mujeres somos víctimas de la misma idea: sólo lo bonito y agradable a la vista es bueno y sirve. En el trabajo, en el colegio, en el contacto con los demás -la primera impresión es la que cuenta-, -como te ven te tratan-, se juzga el físico, nuestra ropa, el peinado, la piel, el maquillaje, al conjunto por delante de las cualidades. Vivimos en el imperio de la belleza arrastrados por la tiranía de vernos bien, lo que no siempre va acompañado con sentirse bien.
Durante siglos, la mujer fea no existía, daban igual sus otras cualidades, de allí que el pecado capital de la "envidia" creció considerablemente en estadísticas. En la actualidad la belleza es el mejor sustitutivo de la inteligencia, como lo apunta el literato Flaubert, quien también dijo: "La mujer guapa e inteligente es un peligro", y la "Mujer fea es un peligro y una desgracia".
Hoy en día privan tópicos como "el hombre mejora con la edad y la mujer empeora", "más vale hermosa revuelta que fea compuesta" o "belleza e inteligencia están reñidas".
Aunque el siglo XXI nos llama constantemente a la igualdad, estas ideas inscritas en el ambiente acompañadas de código genético, nos lleva a afirmaciones y cánones educacionalmente impuestos. Nos educan jugando con la muñeca Barbie y no con muñecas con cuerpo estilo botero; nos dan legitimidad con un 90-60-90, siendo curvilíneas o ultra delgadas, bronceadas o blancas, pero no descoloridas y gordas.
Nuestro cuerpo "como nuestra única y tangible riqueza personal" se convierte en un producto de manipulación y de dictaduras al gusto de los demás, nos hace y nos transforma directa o indirectamente en "lo que van a pensar los demás" y en "cómo me verán los demás". Esa percepción manipuladora concibe e imprime el toque final a la conducta y al resultado del reality show en el que todos los días participamos activamente por un solo objetivo..."vernos bien".
Es cierto, la apariencia vende y vende bien como realidad actual; en la percepción social influyen considerablemente distintos factores de supervivencia: el entorno, las fantasías personales, los medios de comunicación, el marketing, las opciones económicas, la televisión, la moda, entre otros, convirtiendo nuestra imagen en un gran negocio de pérdidas y ganancias, independientemente de la capacidad e inteligencia con que se cuente.
Vamos, parcialmente la materia gris no importa, al menos eso nos transmiten cotidianamente los contenidos mediáticos. ¡Qué sigue!, cirugías plásticas, el canal de la esperanza, la visión humanista, la fe perdida, la superación del aprender a verse día con día en el espejo y tener claro que y a quien se tiene enfrente, convertirnos airadamente en alguien que no somos, o plantearnos la realidad, aceptar el statu quo y terminar con la agresión deliberada de ser y parecer un ente distinto, dejar de proyectarnos cotidianamente, hostigando a los demás por sueños, añoranzas o ciencia ficción, actuar con naturalidad, aprender a levantarnos todos los días convencidos de que lo que vemos en el espejo es lo que somos, que sabemos lo que traemos puestos y que no necesitamos morir de hambre esperando que alguien más o algo más... nos dé de comer.
* Analista mediática y doctora en Derecho.
analisis@notiemp.com
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