Opinión / Columna
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Alfredo Gabriel Páramo
No a la balcanización
El Occidental
17 de octubre de 2009
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SOBREVIVIR A TERRITORIO COMANCHE
Dice el escritor estadounidense Stephen King que, a veces, los monstruos no están fuera, sino dentro de nosotros y que, algunas veces, ellos ganan. Recordé este comentario el sábado en la mañana; estaba yo en la Universidad Autónoma de Zacatecas, cuando los periodistas a los que impartía un curso me preguntaron cómo veía "lo del Metro de la Ciudad de México".
Maravilla innegable de la tecnología que te permite conocer prácticamente en tiempo real lo que está ocurriendo a muchos kilómetros de tu ubicación, que posibilita en la realidad ampliar tu campo de acción, pero que en este caso, es mensajera de noticias inquietantes.
Eso del Metro era, por supuesto, la balacera y muerte de varias personas a manos, nuevamente, de un iluminado, de uno de esos que en México y en el mundo, creen que tienen la verdad absoluta y que las demás personas deben someterse a sus caprichos.
Ante el impacto de la situación, tenemos la oportunidad de analizar varias cosas, tales como la impericia absoluta de policías mal pagados y peor entrenados que arriesgan su vida con poco más que buena voluntad y ganas; también pudimos ser testigos de la solidaridad de personas comunes que se arriesgan por los demás e, incluso, pierden la vida.
Muchos monstruos salieron a pasear en la estación Balderas de la Ciudad de México; muchos monstruos trataron de dominar las almas de las personas. El miedo, la desconfianza, la apatía. Sin embargo, no todos los monstruos vencieron. Algunos asomaron sus repugnantes cabezas y tuvieron que retirarse, derrotados y tristes.
Entre estos monstruos está la intolerancia, la descalificación del otro. A mis amigos zacatecanos les llamó la atención que los medios de la Ciudad de México no enfatizaran el hecho de que el asesino loco es de Jalisco; un periodista de Aguascalientes me confesó que creyó que los medios enfatizarían el hecho, aunque fuera "para ganar lectores".
Pero eso no ocurrió. No se dio en los medios ni fue lo que opinó la gente. Para bien o para mal, se entendió la tragedia así, como el acto individual de un mexicano más con delirios de grandeza al que no le importan la vida de otros mexicanos, comunes y corrientes, como todos nosotros, con sus trabajos, sus familias, sus problemas y sus sueños.
México vive en un Territorio Comanche innegable, pero hasta el momento, ha sido posible contener al monstruo de la balcanización, ese animal inmundo que lleva a la guerra civil y a las limpiezas étnicas, que durante el siglo XX enlutó literalmente millones de familias en todos los Continentes y que nuevamente amenaza al mundo.
El psicólogo y ensayista eslovaco, Slavoj Zizek, afirma: "La modalidad predominante de la política es la política del miedo: miedo a los inmigrantes, miedo al delito, miedo a la impía depravación sexual, miedo al Estado excesivo (que es la razón por la cual la Corrección Política es la forma liberal ejemplar de la política del miedo)".
Efectivamente, es el miedo lo que nos lleva a hacer cosas sin sentido, a reaccionar con pánico, abandonando la razón y la humanidad.
Decía Octavio Paz: "la indiferencia ante la muerte del mexicano se nutre de su indeferencia ante la vida". Pues yo creo que no podemos ser indiferentes ante la vida ni, mucho menos, ante la muerte, sobre todo cuando esta es consecuencia de la insensatez y la violencia. Por el contrario, debemos condolernos y hacer lo que podamos para que estas acciones no vuelvan a ocurrir.
La tragedia del Metro Balderas no es una tragedia "chilanga", es una tragedia mexicana, nos enluta a todos, pero nos permite a todos mostrar nuestra solidaridad, nuestro respeto y, por supuesto, nuestro orgullo de ser mexicanos a pesar de la adversidad; y de serlo, no por una cuestión de suerte sino porque en México, en nuestra cultura, nos encontramos y nos reconocemos.
* Escritor y académico de la Escuela de Periodismo Carlos Septién García.
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