Opinión / Columna
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César Gilabert
Augurios
El Occidental
13 de octubre de 2009
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Parece que no hay ser humano que se libre de tener, de pronto, uno de esos días en que nada embona fácilmente y todo conspira para que cada pequeña circunstancia concluya con una dosis de desazón. No es que suceda algo verdaderamente trágico, sino una sensación rara de desasosiego, pero que quizá se resuelve tumbándose en la cama a esperar que llegue la noche. Pero justamente la jornada de nubes negras te toca cuando no puedes dejar a medias nada.
Durante la madrugada, se fue la luz en mi casa, y se borró la alarma de mi radio-despertador. Así que levanté un poco tarde, con el apresuramiento correspondiente. Remonté los minutos perdidos que tuve que negociar con mi desayuno. En lugar de mi jugo favorito con zanahorias, betabel y manzana, apenas tu oportunidad de exprimir dos naranjas para llegar a tiempo a dar mi clase. En el camino a la universidad prendo mi Ipod y lo primero que escucho es una canción de los Beatles que dice más o menos así: si digo sí, tú dices no. Y de ahí todo es pura contradicción. Obama: premio Nobel de la Paz, mejor le apagué a la radio. Mis alumnos logran una buena clase y por unos momentos mitigan el vuelo de las aves de mal agüero. Abro mi buzón electrónico y me encuentro dos invitaciones para prolongar una cadena. Me fastidian las cadenas, pero estás tenían una intención más allá de lo supersticioso. No te amenazaban con siete años de mala suerte ni nada por el estilo. Te provocaban apelando directamente a tu conciencia política, si la tienes. El primer mensaje se refiere a un cartel de campaña presidencial del entonces candidato del PAN, Felipe Calderón. Pide a los votantes que sufraguen por él comprometiéndose a derogar el pago de las tenencias. El mensaje principal arenga: "a él ya se le olvidó, a nosotros no". El objetivo es que pongas tu eslabón para que sea la cadena más grande de México. ¿Será? El siguiente mensaje pretende prolongar la cadena en defensa del humor y contra el horror. Un poco pagado de sí, porque humor fino no es ni siquiera es original, pero la dosis de horror es estable. Allí cuentan el chiste del chofer que mata a un buey. No sigo hasta el final porque esa tarea seguro ya la hizo Catón en su columna, especialmente durante la época en que el dueño del auto era Andrés Manuel. Pero hoy el buey se lo endilgaron, precisamente a su máximo opositor, por lo tanto el chofer que atropella al buey presta sus servicios a Calderón. El quid es que este par de correos revelan la existencia del humor típicamente mexicano. No es algo personal, podrán decirme. Apunta al presidente, y es una suerte no ser el presidente ni Calderón; pero donde hay chiste, insinuación, vacilada, broma o simple jiribilla, hay problemas. Y si el objeto del chiste la crítica y el problema es el mismísimo presidente, quiere decir que el país no anda bien. Quizá mi razonamiento sea impecable; aunque la lucidez es la de Goethe al anticipar eso de que donde hay un chiste hay un problema, pero desde luego mi malestar no destaca por su perspicacia. Lo que está pasando en el país no es divertido, pero es un chiste. Un mal chiste. Y los que se ríen con más ganas son los del PRI, que ya empiezan a ostentarse con los inminentes nuevos dueños del circo. Otra vez siento mi profecía como un pésimo augurio precisamente, porque no es personal, sino que atañe a México. Sin embargo, me queda la certeza de que si compro el circo, me crecen los enanos; se meten al sindicato que comanda la mamá de Chucky o me salen con influenza. Bueno, me dije, demasiado dramatismo. Mejor me voy al cine por la tarde. Durante el camino hacia el estacionamiento se soltó un chaparrón. Llegué empapado al auto, y tarde al cine. Ni entré. Me fui a casa y uno de los calentadores de mi estufa (eléctrica) tiene un corto. Me habría metido a mi cama sin comer de no ser porque tenía pendiente escribir mi artículo para el periódico. Entonces me acordé de Lenin: ¿Qué hacer? De Bryce Echenique: ¿qué hago? Como ahora lo más fácil es fallar, apostaré a que mañana gana El Salvador.
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