Opinión / Columna
 
Jesús Rodríguez Gurrola  
Medio milenio después
El Occidental
12 de octubre de 2009

  LA COLUMNA DE EN MEDIO

El 12 de octubre de 1492, se ha considerado por la mayoría de los investigadores y estudiosos de la Historia, el momento en que las nuevas tierras son descubiertas por la cultura europea, aunque existan datos, según algunos criterios, de que el Continente en el que vivimos había sido pisado y por lo tanto descubierto por integrantes de razas distintas a la de los navegantes de Colón.

Como haya sido, lo único cierto para el conteo de la edad histórica de nuestros pueblos es la fecha que se cita y es suficiente para darnos cuenta, que después de medio milenio de ser descubiertos y colonizados por los hijos de Isabel la Católica, los habitantes originales de estas tierras, siguen siendo objeto de los estragos de la dominación, siguen subsistiendo los mismos tratos de sometimiento y desprecio.

Para ellos, la igualdad ante la ley que supuestamente debiera de ser parte de sus derechos, es letra muerta, la prensa y los medios de comunicación, constantemente informan de hechos de injusticia, en los que integrantes de las diversas etnias son encarcelados y privados de sus libertades, por delitos a todas luces inexistentes y lo peor del caso es que a nadie le importa ni le conmueve, que los aparatos de justicia los declaren en libertad "por falta de pruebas", después de tres o más años de prisión.

La tragedia del indio Tereso, integrante de las etnias wixarica asentadas en los municipios del Norte de Jalisco, quien murió por la negligencia y burocratismo que priva en los Centros de Salud Publica y de cuyo caso sólo se tuvo conocimiento por el trabajo de investigadores intelectuales, que publicaron recientemente sus notas en la prensa, es apenas uno de tantos ejemplos de la inhumanidad e indiferencia con que se sigue tratando a los indígenas.

La lucha por la tierra, que a través de siglos, las etnias han sostenido contra los latifundistas y la cual ha sido causa de asesinatos y de persecuciones, en muchos casos con la complicidad y el apoyo de las autoridades, son el pan de cada día en las filas de los comuneros indios, pero además de las invasiones y despojos de sus tierras, derivadas de esta lucha, en estados como Durango, Jalisco, Oaxaca, las etnias ven impotentes como cada día desaparecen sus bosques a manos de los taladores, sin que haya el menor intento, por parte de los munícipes o de institución alguna, de frenar este delito.

Las consecuencias de esta especie de colonialismo interno, que se le ha impuesto a los ciudadanos integrantes de ese sector de la población, se reflejan, con la misma intensidad y dramatismo, en los altos índices de ignorancia y desnutrición en que viven, pues un gran porcentaje de los 12 millones de iletrados que presume el gobierno, pertenece a los grupos indígenas y entre éstos mismos pobladores se enseña la miseria de la pobreza extrema, sin contar que entre sus baldones más dolorosos, ostentan el primer lugar de mortandad infantil.

Los jóvenes indígenas son también arrancados del seno de sus familias y empujados por el desempleo y por las carencias, hacia los destinos del sueño americano, donde trabajan jornadas hasta de 10 horas por salarios que no reivindican ni la mitad de su esfuerzo, ahí mismo viven, en los campos de cultivo, en galera comunales, con letrinas igualmente colectivas, sin oportunidad de ofrecerles a los hijos ningún tipo de educación ni de esparcimiento.

El indio, al parecer sigue sin ser visto ni oído por los gobiernos de los mestizos, no obstante que han transcurrido más de 500 años, se les persigue hasta la muerte, se les declara infractores de la ley y cualquier intento de hacer valer sus valores tradicionales, se le considera suficiente para emprender contra ellos acciones, que a la luz de la criminología y del derecho penal, no son sino genocidios disfrazados de guerra de baja intensidad, como así le llaman los entendidos en sistemas de exterminio.

Aún están frescos los crímenes de Acteal y de Chenalho, la desintegración de las comunidades La Margarita, La Realidad y tantas otras, que después de los asesinatos cometidos contra sus habitantes y de ser asoladas sus comunidades por los guardias blancos de los terratenientes chiapanecos, nunca fueron las mismas.

Sin embargo, para despecho de los grandes terratenientes y de los supremacistas de guarache, los indios ahí están, siguen en espera de que los reclamos hechos por sus padres en la Revolución de 1910, al fin se hagan realidad, pues ni la moral revolucionaria del priísmo, ni la moral cristiana de los panistas, han sabido ver la riqueza nacional que las etnias representan; sus lenguas, sus conocimientos herbolarios, su intuición milenaria de defensa por su entorno ecológico, son libros permanentemente abiertos e inagotables que persisten y persistirán, porque las etnias son parte de la humanidad, y la humanidad como dicen los poetas, "es interminable, no perece".
 
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