Opinión / Columna
 
Joel Díaz García  
Síntomas de locura colectiva
El Occidental
30 de septiembre de 2009

  Cuando era estudiante universitario, recuerdo que en las clases de sociología solíamos hablar de los efectos sociales poco previsibles, que tienen ciertas situaciones, como las crisis económicas. Inicialmente una fluctuación en la actividad comercial, bursátil e industrial se ve en el empleo, el nivel de vida de las personas y en el aumento o disminución de la delincuencia. No obstante, existen otras situaciones que se ven alteradas, como podría ser la moda. Según los expertos el aumento en el uso de pintalabios o minifaldas es indicativo de bonanza económica, mientras que el largo de la falda es un indicativo de lo pronunciada de la crisis, situación que ha sido debidamente documentada por estudios de algunas universidades norteamericanas prestigiadas, que señalan que al menos ese fenómeno se presentó durante el crack mundial del 29 y la Segunda Guerra Mundial.

Con la misma base de argumentación podríamos decir que la actual crisis económica nos hace atravesar por una fase de locura colectiva en nuestro país, de la cual se pueden advertir síntomas por todas partes. Para muestra está el individuo que secuestró un avión hace días, que le exigía a la tripulación dar vueltas al Distrito Federal bajo la amenaza de hacer explotar una bomba sí no hablaba con el presidente Calderón para decirle que era inminente un terremoto en el Centro del país y que eso se lo había instruido Dios. Otro ejemplo es el del tipo que hacia pintas en el Metro Balderas referentes a que el actual gobierno está llenó de criminales, cuando los andenes estaban que rebosaban de usuarios, mismo individuo que, al momento que lo intentaban detener, disparó contra un agente policial, mató a un transeúnte e hirió a otras cinco personas más. Ambos personajes dicen no sentirse arrepentidos de sus acciones e incluso el secuestrador del avión se siente orgulloso de haber sido instrumento de Dios.

Eso en el ámbito público, pero todos conocemos al menos a algún loco por estos días que hace de las suyas en el terreno privado. Me han contado de los dueños de una empresa que han sido amenazados de muerte en las últimas semanas por sus mismos trabajadores, quienes dicen que en caso de perder sus empleos afectarán la vida de la familia que les ha procurado tener trabajo por muchos años. Otro caso, del que he conocido recientemente, es el de un sujeto que dice amar a una mujer inmensamente y para tratar de estar con ella se le ocurre violar arteramente su privacidad al hackear su correo electrónico e intervenir su teléfono celular. Resultado de ese lamentable y patético comportamiento, utiliza la información que obtiene clandestinamente, para hacerla del conocimiento del novio actual a efecto de destruir la relación, no contento con ello distribuye dicha información entre los conocidos de ella y termina por amenazar con la privación de la vida al novio y sus seres queridos, en caso de que este último, no se aparte de ella. Tipo que, por cierto, mientras fue el novio de la chica, amenazaba con suicidarse en caso de que ella decidiera terminar la relación ¡vaya forma de amar a alguien! ¡Increíble forma de llevar su miseria humana y su infinita estupidez hasta el grado de locura¡ Y qué decir del homosexual que se atrevió a violar la tranquilidad de una pareja en un viaje de placer, al arrimarse ebrio, tratando de ligar y agarrando partes físicas indebidas de otra persona que no conoce y que ni lo hacia en la vida, como si su condición sexual fuera una licencia que le permite andar haciendo con los demás lo que le venga en gana, porque a él se le antoja o así se lo pide su retorcida y distorsionada mente.

Pero las cosas no se agotan ahí, pues todos los días podemos apreciar el crecimiento de actos que sólo pueden ser considerados como de locura: hombres que pegan a sus mujeres hasta asesinarlas; incultos que matan y maltratan inmigrantes argumentando una supuesta superioridad racial; padres y madres que lesionan brutalmente a sus hijos bajo el pretexto de educarlos; consejeros espirituales y sacerdotes que abusan de los niños; secuestradores de niñas que las obligan a prostituirse; grupos delincuenciales que ponen artefactos explosivos en lugares públicos; por mencionar algunas de las tantas barbaridades que se están volviendo cotidianas en nuestra sociedad.

La locura llega cuando la privación del juicio o del uso de la razón aparece en nosotros. Dicen que eso en los individuos es algo raro, pues nuestra condición por esencia es la de ser seres racionales. Por eso cuando entre nuestros conocidos, nuestros grupos sociales, en nuestras comunidades, la locura se empieza a convertir en la regla, habría que preocuparnos porque estaríamos perdiendo el sentido común y sumergiéndonos en lo peor de la degradación humana.
 
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