Opinión / Columna
 
Julio García Briseño 
Dinero prestado ¿Para qué?
El Occidental
30 de agosto de 2009

  Muchas personas han recibido dinero prestado para comprar bienes de consumo, equipos o una vivienda. Los países también lo hacen; toman dinero prestado de los mercados de capital, de las instituciones financieras y de los gobiernos para pagar infraestructuras, como por ejemplo: carreteras, servicios públicos y centros de salud o para mantener un Ministerio Público, o para comprar armas.

Al igual que las personas, los países devuelven el principal y los intereses de los préstamos que reciben. Pero hay diferencias importantes. Si una persona toma dinero prestado, recibe el dinero directamente y lo devuelve de acuerdo con los términos y condiciones del préstamo. Pero si un país toma dinero prestado, a los ciudadanos no necesariamente se les notifica o se les informa el objetivo del préstamo o de sus términos y condiciones. En la práctica, muchos gobiernos han utilizado los préstamos para proyectos que no cumplen los requisitos mínimos de viabilidad social, ecológica o incluso económica.

En ocasiones, estos préstamos se han utilizado para enriquecer a un pequeño grupo de personas o se han transferido fuera del país a cuentas bancarias privadas de funcionarios públicos.

Una segunda diferencia es que una empresa o una persona que no puede hacer frente a sus obligaciones financieras va a la quiebra. Se nombra un tribunal para evaluar la situación del deudor y los bancos reconocen que el deudor no puede pagar la totalidad de su deuda. Pero los países no pueden solicitar la quiebra; no existen procedimientos ni árbitros para tal efecto.

A nivel internacional, son los acreedores y no un tribunal quienes deciden si pedirán o no al país deudor que pague su deuda. La doctrina social de la Iglesia católica considera la deuda externa de los países pobres como una cuestión de principios compleja y como un reto moral profundo. Para resolver el problema no se puede ignorar ni su complejidad ni su carácter moral.

La deuda externa es compleja en sus dimensiones y en su alcance. Afecta el bienestar de millones de personas, gran número de países, instituciones financieras internacionales y fuentes de capital privado. La deuda internacional también presenta un reto moral, preocupación particular de la Iglesia al tratar este problema en relación a cómo afecta a la dignidad humana, a los derechos humanos y al bienestar humano de algunos de los hombres, mujeres y niños más vulnerables en la comunidad global.
 
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