Opinión / Columna
 
Juan M. Negrete 
Los fanfarrones
El Occidental
26 de julio de 2009

  Lo que le mandó decir el secretario de Felipe Calderón a los muchachos de "La Familia" michoacana, que andan armados hasta los dientes y que dicen que son narcos, es una de una fanfarronería insufrible. Es una forma más que estúpida de pararse ante un problema. Es no querer hallarle solución.

Los códigos militares son muy claros. Dentro de nuestro esquema presidencialista, que ya dura más de lo conveniente aunque se vea muy disminuido la actual, el Poder Ejecutivo es el comandante supremo de las Fuerzas Armadas. Tengan formación castrense o ni idea siquiera de lo que significa la carrera de las armas, quien llega a ostentar el cargo del Poder Ejecutivo, por el mismo hecho y en automático, se convierte en el mero mandón del instituto armado. No dura en el puesto de generalísimo más allá de lo que dura su mando civil. Pero mientras es presidente, es el general cinco estrellas. Así funcionan nuestras cosas.

Pero el que resulta favorecido con estos despropósitos, es el que llegue a la silla presidencial, no sus subordinados. El que ocupa el papel protagónico es el dueño del circo, no sus payasos. Así que si Felipe Calderón, el presidente de facto, el usurpador que no ha sido bajado del caballo, tiene el mando ejecutivo, él es el tal generalísimo. Nada más él, no alguno de sus lacayos. Los chicos de la milicia no debieron haberle permitido usurpar el puesto, porque no hubo claridad en el triunfo proclamado. Pero la oligarquía que mantiene sometido al pueblo mexicano, obligó tanto a sus poderes formales o jurídicos a que proclamaran un triunfo incierto y también a los hombres armados a que le formaran valla y lo impusieran en la silla al costo que fuera.

Por eso, cuando el pelele asumió el mando de lo que queda de país, las imágenes que circularon, las más dolorosas y crueles, eran aquellas en que se veía flanqueado por militares. Y días después él mismo se enfundó en casacas, ostentando su ridiculez a todos los vientos. Y tuvo la osadía de cantar la usurpación con la frase infeliz que le ha dado la vuelta al mundo. Está en el puesto "haiga sido, como haiga sido". Todo esto es más que sabido.

Ya resulta lacerante que Calderón se ufane y apostrofe de sus abusos. Hasta ahí ha habido cierta sumisión, cierta resignación, porque enfrentar lo presente implicaría romper con la formalidad establecida. Ya estuvo mal tolerar que Calderón y sus infames panistas usurparan el poder. Peor ha estado que varias generaciones perdidas hayamos tolerado el modelo presidencialista, calificado como monarquía sexenal, como dictadura perfecta, como el engaño del siglo. Pero que ahora se trepen los enanos del tapanco a tomarse el papel de voceros militares, porque sí, porque les late, porque se ofrece, esto ya se sale de todo nivel de comprensión.

Gómez Mont, no aparece como un secretario del Poder Ejecutivo, sino como un personero, como un portavoz oficioso de otro personaje que tampoco sabe conducirse en las cosas de las armas. Si los que saben y conocen a fondo este triste oficio, tienen serias dificultades para encontrar los caminos atinados. Ni el más atildado y cuidadoso de los protocolos justifica o encuentra el camino preciso para legitimar el empleo de la fuerza, que es abuso siempre, que impone y establece la arbitrariedad de la decisión contra la que pueda no haber vuelta.

No puede decirse que lo dicho por Gómez Mont sea sólo frase infeliz o desafortunada. Haber retado a otros ciudadanos, como colegial irritado, es una muestra de la imbecilidad que envuelve al entorno del espurio. Ya es de suyo complejo, dije antes, justificar la decisión de abrir fuego contra otros ciudadanos. No sólo porque la vida humana sea sagrada, sino porque es complejo utilizar la atribución del recurso último autorizado al Estado, para resolver alguna situación compleja, que es la aplicación extrema de la fuerza en contra de ciudadanos irritados, desesperados o en actitud levantisca.

La existencia misma de un instituto armado en una sociedad debe entenderse como un mal necesario. No es deseable que haya ejércitos. Es más, los tales existen como una pústula, como una herencia atávica que tendremos que sepultar. No se explica que alguien, así sea un usurpador, pueda enorgullecerse de encabezar o de poseer algún poder dentro de esta fuerza, que debería no existir. Y mucho menos comprensible resulta que un payaso, un enano de tapanco, un ofrecido, así lo hayan puesto como secretario de Gobernación, se ponga a retar, a nombre de este cuestionable instituto armado, a los ciudadanos, así tengan éstos sombras que puedan tildarse de manchas o de lacras por limpiar.

Mucho se alteró la ciudadanía tapatía, cuando Emilio soltó aquella infame mentada de madre a los ciudadanos. Lo hecho ahora por Gómez Mont anda siendo de la misma tesitura, en cuanto a falta de respeto y a pisotear la dignidad ciudadana. ¿Cómo que acá te espero comiendo pozole? Ni a un bravucón de barrio se le aplauden semejantes embelecos. Todo mundo está por recriminar la falta de tacto de semejantes especimenes. Mucho peor le va, si pone manos a la obra para pasar del dicho al hecho. Y al secretario particular del usurpador casi nadie le pone el cascabel. Ya nos acostumbramos a las pifias y a los desfiguros. Pero la verdad es que mostró tan escaso oficio que mejor debería dejar el puesto. Mas si Calderón lo deja ir ¿a dónde se irá a ir a refugiar el gran solitario de palacio? En fin.
 
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