Opinión / Columna
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Juan M. Negrete
Mel Zelaya
El Occidental
5 de julio de 2009
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Mientras el universo de los candidatos vela armas esperando el desenlace de sus aspiraciones, juzgado por el comportamiento de nuestros electores en la jornada nacional electoral, tenemos la obligación de no hacer ruido. Dicen que para no inducir comportamientos e influir sobre los resultados. En tanto este lapso nos maniata, reflexionemos sobre las graves cosas que transcurren a nuestro alrededor, en donde resalta el infame golpe de Estado de Honduras.
Algo muy turbio se cocina en ese pequeño país. Zelaya, presidente civilista, alejado del protervo ambiente del cuartel, perdió de hace tiempo el afecto de la oligarquía hondureña, al grado de que el propio Partido Liberal, siglas con las que ascendió al poder, le había dado ya la espalda y despreciaba sus acciones y propuestas. En catarata se vinieron los repudios: el del poder legislativo, el del clero, el de las fuerzas armadas. Por fin lo destituyeron y lo pusieron en ropas menores en un aeropuerto de Costa Rica. Esto ocurrió apenas el domingo pasado, 28 de junio.
Los gorilas hondureños perdieron la paciencia, o más bien les ordenaron que la perdieran. Dieron su zarpazo clásico con un pretexto tan baladí, que si no fuera porque anuncia una tragedia resultara risible. El diferendo se acentuó acerca de la realización de una encuesta nacional. Pretextos sobran cuando se trata de imponer la arbitrariedad y no se tolera el menor recorte a los fueros y las prebendas acostumbradas. Ni hubo encuesta, ni pudo Zelaya alcanzar a ver salir el sol en su casa. Un comando armado lo secuestró arrancándole de la cama y lo depositó en un aeropuerto de Costa Rica.
Así de burdo inició todo este doloroso proceso de incivilidad que están padeciendo nuestros hermanos en Honduras. Los poderes fácticos usurparon la silla presidencial y su Suprema Corte avaló toda la irregularidad actual con la bendición de la "legalidad". Este fin de semana acudió Miguel Insulza a recabar de los usurpadores la restitución de la auténtica legalidad. A esto conminó la OEA a los golpistas hondureños. Pero éstos salieron con su domingo siete de que todo lo actuado está dentro de lo consagrado por la ley y que no hubo golpe de Estado. La respuesta de Insulza no tiene desperdicio. "Yo no sé cómo llaman ustedes cuando un grupo de militares, mandado por militares, en un operativo militar, saca a un presidente de su casa, lo sube a un avión militar y lo saca a otro país. Eso es un golpe militar".
Vientos raros los que soplan. En 1962, la OEA expulsó a Cuba de su seno porque su régimen socialista era "incompatible" con la democracia en el continente americano. Zelaya fue un promotor activo en los últimos días de la reintegración de Cuba a la OEA, a casi medio siglo de aquel disparate. Al parecer es mucho tiempo; pero en la política las cosas no se miden por cronómetro. La iglesia católica anda pidiendo perdón por su actuación contra Galileo más de tres siglos después. Ya deberíamos de habernos acostumbrado. Pero lo de la OEA está más que raro. Todo apunta a que los militares hondureños no se van a retractar de su fechoría y la OEA expulsará de su seno a este gobierno golpista, usurpador y falsario.
¿Qué va a seguir después? No es fácil predecir una buena respuesta. Por un lado, la presión diplomática de los estados americanos se ve decidida. Pueden luego salir con su batea de babas y hallarle la conmiseración legal al asunto, para que la asonada se consolide y se legitime de poder fáctico a poder constituido, como nos ocurrió aquí en México con la usurpación de Calderón en 2006. Pero no están solos. También los embajadores europeos, los de la UE, acaban de abandonar el territorio de Honduras, en medio de un clima de incertidumbre. Así lo informó Carl Bildt, sueco, ministro de relaciones exteriores, recién asumida la presidencia rotativa semestral del organismo. Todas estas medidas diplomáticas favorecen la restitución de Zelaya o una salida negociada a la crisis que generó ya la imbecilidad castrense hondureña.
Pero tampoco hay que tiznar la cara del todo a estos orangutanes. La investigadora Eva Golinger, de origen gringo por más señas, aseguró que en este cuartelazo la base militar de Soto Cano, que también es gringa por más señas y que se encuentra en territorio hondureño, desempeñó un papel central en el proceso. Zelaya quería convertir esta base en un aeropuerto civil internacional. Contaba ya con el financiamiento de ALBA (La Alianza Bolivariana para las Américas) que es el proyecto alternativo latinoamericano para frenar el neoliberalismo que nos viene del norte y que nos ha resultado tan nocivo. Y es alentado por Venezuela, Bolivia, Ecuador, Nicaragua, Cuba y otros gobiernos latinos. En dicho concierto se encontraba el gobierno de Zelaya.
Por ahí habrá que buscar las pistas del encono militar en su contra. Los hilos llevan necesariamente al Pentágono. Una pista aún más seria, que fortalece lo dicho por Golinger, es la tesis del diputado venezolano Adel el Zabayar, quien reveló la implicación del Mossad en esta asonada. Vinculó los intensos movimientos de la embajada de Israel con los grupos opositores. Entre esos conciliábulos incluye el nombre del ahora usurpador Roberto Micheletti. ("La Jornada", 3/7/09) De ser cierta esta pista, es el presidente gringo Obama el que tiene la disyuntiva en sus manos, o civilización o barbarie. Sólo que ahora la primera parte de esta alternativa, por rarezas del destino, está del lado de los pobres del mundo. ¿Verdad que la respuesta es complicada?
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