Opinión / Columna
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Agustín Hernández González
Voto 2009
El Occidental
27 de junio de 2009
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(Tercera parte)
Me pregunto si el votar "en blanco" equivale a no votar. Cavilo sobre eso un par de horas y le doy vueltas a los argumentos que promueven ese sufragio como protesta contra un gobierno que, dicen, ha traicionado los ideales de la democracia y el cambio al que se había comprometido. Algunos manifiestan que así, eso gobierno y recompondrá el camino. Afirman que cambiará la forma y el fondo. Es, pues, un voto de inconformidad.
Por otra parte, estamos quienes pensamos que el voto es también un instrumento de lucha, que si no se ejerce o se ejerce pero no cuenta como tal, significa una oportunidad perdida, derrochada, que sólo beneficiará precisamente a quienes desde el poder ignoran a la democracia y por tanto el mandato que les fue conferido por el pueblo de México.
Es verdad que las recientes reformas legales en materia electoral son un enorme retroceso que nos hace dudar de la eficacia de las instituciones y de la transparencia de su manejo, pero, con todo, es lo que tenemos para intentar que la voluntad popular sea respetada y escuchada. ¿Qué nos ganamos con que el voto en blanco pueda ser el de la mayoría? ¿Se quedará a nivel de llamamiento moral, de un "Basta ya" expresado a través de un grito silencioso, perdido luego en la bruma del tiempo? ¿Sería esto un triunfo?
Entre los promotores de esa acción hay gente notable por su verticalidad, su compromiso social y su honestidad intelectual. Los respeto y los reconozco con sincera admiración, pero debemos llamarlos a impulsar un voto razonado, maduro valiente, decidido y enérgico. Si ello fuera así, el riesgo de que la elección sea manipulada disminuye tanto por el número de votantes como por el vigor con el que éstos se expresan. Luego en los tribunales se defendería palmo a palmo ese voto y se combatiría todo intento de fraude o distorsión. Votar en blanco sería renunciar de antemano siquiera a esta posibilidad. Haber judicializado la cuestión electoral tampoco fue afortunado, pero insisto, es todo lo que tenemos a la mano. Por eso afirmo que nuestras instituciones electorales son insuficientes y aún pobres, lo que hace necesario reformas constitucionales y de otra orden que sólo serán posibles a cargo de legisladores verdaderamente competentes y responsables, auténtica y sinceramente comprometidos con la democracia.
Las elecciones intermedias no son solamente un termómetro a la mitad del sexenio y de hecho esto es lo que menos importa. Son en realidad la más preciada oportunidad de renovar a conciencia la Cámara de Diputados y así, alentar los cambios legislativos y políticos que otorguen certeza y garantía jurídica a los gobernados respecto de las acciones de los gobernantes; de actualizar o modificar procedimientos y actitudes; de lograr mediante el ejercicio cabal de nuestros derechos el funcionamiento ponderado de nuestro sistema de gobierno, pues en ello todos somos corresponsables.
Entonces, más que pensar en votar en blanco, debemos hacernos cargo de promover con nuestro voto las reformas que sean necesarias para que pronto puedan acceder a cargos de elección popular los ciudadanos independientes que a ello aspiren, sin que se vean obligados para ello a militar en partido alguno. La partidocracia representa uno de los diques más serios a los avances democráticos del país, cuando existe ya un grado de participación social inteligente y activa; una ciudadanía que piensa y actúa políticamente por sí sola y a la que no satisfacen ninguna de las organizaciones partidarias existentes y que tiene todo el derecho de ser votada sin más requisitos que los establecidos para ello por la Constitución. Ello permitirá y facilitará el que nuevas y diversas corrientes de pensamiento participen en el diseño de las nuevas y urgentes reglas que rijan la vida institucional y ciudadana de la República. México está ávido de cambios, pero de cambios verdaderos y positivos. Está ansioso de vivir a plenitud su capacidad creativa para bien de todos. De tener gobiernos incluyentes, abiertos, respetuosos de los derechos humanos y entre ellos preponderamente el de la libertad. De contar con reglas claras al momento de votar pero también frente a los múltiples procedimientos legales y administrativos en los que debe participar, como el pago de impuestos, el desahogo de juicios ante tribunales, etcétera. De saber con claridad cuánto dinero tenemos y en qué se gastará y de que se apliquen los recursos oportunamente con transparencia y honestidad, priorizando en rubros como la salud, la ecuación, la seguridad y el transporte.
No dejamos en manos de unos cuantos las decisiones trascendentes. No permitamos que los asuntos públicos se manejen lejos del pueblo. Tengamos el valor civil de participar día a día en la edificación de la democracia. Tengámoslo para cambiar.
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