Opinión / Columna
 
Juan M. Negrete 
Salen del catálogo
El Occidental
14 de junio de 2009

  En medio del jaloneo que trae la parte más ilustrada de la comuna en torno a la postura por tomar el próximo día 5 de julio sobre si salir a votar o no hacerlo, y de, si se acude a las urnas, sufragar por algún candidato o anular su voto, en Zapopan se lleva a cabo una fiesta de bibliofilia. El Colegio de Jalisco realiza su día del libro en segunda edición, alentados sus organizadores por la respuesta positiva que tuvo la del año anterior. Como en el viejo cuento del borrachito, el público respondió otra vez y registró suficiente desplazamiento en la oferta de los libros. Igual que el año pasado, tal cual se narra en el inocente cuento, habrá que volver a felicitar a sus organizadores, el presidente de la institución, Mtro. José Luis Leal Sanabria, y la secretaria académica, Dra. Alicia Peredo, y a todos los trabajadores e investigadores de dicha institución que la hacen posible.

Los organizadores de El Colegio, seguramente alentados por el éxito de la del año pasado, dieron en repetir la experiencia pero no calcada a la anterior, sino buscando mejorarla y ampliarla, llevándola a la región de los Altos y al Sur del estado. Posteriormente podrán organizarse expediciones, libro en ristre, a zonas de poco trasiego y en escasa relación comunicante con estas experiencias, como la de la ribera de Chapala, la costa turística que encabeza Vallarta y el olvidado rincón del norte, desde donde los colotlecos nos contemplan impávidos, esperando saber cuándo daremos los pasos reales en su integración al Estado de Jalisco, o de plano dejarlos fundirse con Zacatecas que es su mercado más próximo y con el que realmente guardan intercambio suficiente. El lema de esta edición fue la que da nombre a la columna: "Salen del catálogo".

Vaciar una bodega de libros debe tener el sentido evidente de volver a llenarla con materiales nuevos. Dinamizar una mercancía tan sustanciosa como es el exquisito mundo de los productos de la escritura, es empresa a la que pocos le ponen entusiasmo. En tiempos aciagos donde ya nadie quiere leer, ni busca el apoyo del material bibliográfico, atenido a que todo se ha ido capturando y subiendo a los stocks virtuales y a los nichos digitales, encontrarse fiestas de libros como la de El Colegio de Jalisco, o la que transcurre en los portales del ayuntamiento tapatío, es pues acontecimiento por aplaudir. La mayoría de las razones que se aducen sobre la ausencia de promoción cultural en este renglón aparecen como superficiales. Unas refieren la modernización de los canales actuales, con la explosión del mundo digital presente. Pero otras lanzan la bolita a que la rutina o los hábitos de la lectura se han desplomado entre la población. Esto es, que los índices de desarrollo humano en el país van en decremento.

No tengo la intención de polemizar ahora sobre este asunto, si bien da muchas aristas para abordarlo. Quiero aprovechar la oportunidad para, aparte de reiterar la felicitación a sus organizadores y a su buen tino en insistir en estas experiencias positivas, vincularlo con su nexo histórico, que tiene que ver con historiadores por una parte, pero también con el fragoroso mundo de la política, compleja e inasible a veces, mas siempre presente en nuestros avatares.

La existencia misma de El Colegio de Jalisco, como la de sus pares, muchos de los colegios del resto del país, son clonaciones mejor o peor ensambladas de lo que viene siendo El Colegio de México. Éste a su vez surgió de la institución de cultura, llamada El Colegio Nacional, que crearon los españoles cultos trasterrados, los intelectuales de la península ibérica que emigraron de España a nuestro país tras la derrota de la República en 1939.

Como dato curioso de rara coincidencia hay que registrar que esta semana se celebra en el puerto de Veracruz precisamente el 70 aniversario de la llegada de la primera barcada de republicanos que acogió nuestro país, bajo el gobierno de don Lázaro Cárdenas. Desatada la persecución y el odio fascista de los falangistas en contra de los vencidos, éstos buscaron asilo en lugares donde pudieran seguir vivos. Francia fue un refugio natural. A muchos les bastó con saltar el macizo de Los Pirineos para ponerse a salvo. Los países socialistas del Este, en los que la barrera del idioma era serio impedimento, fueron otro polo de atracción. Pero México, aquel generoso México nuestro de la época del cardenismo, puso el ejemplo de solidaridad internacional entre latinos y acogió en su seno a estos españoles en desgracia.

De entre ellos, venían muchos personajes de primer nivel en cosas de cultura. No todos los que vinieron, se entiende, eran poetas reconocidos, o filósofos de alcurnia, ni pintores o artistas de reconocido talento. También vinieron en la bola muchos toreros, abarroteros y cantineros de fuste. Vino de todo. Era la España republicana, la perseguida, la que se volcaba a nuestro suelo y, de los buenos elementos que llegaron, una oleada fresca de cultura arraigó entre nosotros y generó frutos. Según los reportes, vinieron 16 barcos llenos de gachupines. El primero de ellos se llamó el Sinaia, y traía 1,681 refugiados a bordo. Después llegaron el Mexique y el Ipanema y muchos más. El Sinaia tocó puerto el día 13 de junio de 1939. O sea que por los días que corren se cumplen 70 años de aquellos acontecimientos.

Interesante resulta pues la coincidencia de que una institución, hija o nieta de aquellos gachupines cultos que revitalizaron la vida cultural del país, monte hoy una fiesta de libros y libreros, de conferencias, de conciertos y de manifestaciones de cultura, justo como lo imaginaron y pusieron sobre sus rieles aquellos antepasados nuestros. Porque de más está decir que esos españoles trasterrados vinieron para quedarse y se fundieron en el oscuro vientre del pueblo mexicano, que no les regateó identidad alguna ni cobijo. Y así, dando tumbos y levantando, seguimos avanzando por la vida, como pueblo.

Volviendo a lo de la fiesta de los libros en Zapopan, ojalá que no decaiga el ánimo por este tipo de festejos, así conozca respuestas eventuales desairadas y alicaídas, dada la atmósfera negativa y cargada de ponzoña en contra de la cultura, que se respira cada vez con mayor frecuencia por estos lares. Nos leemos en la próxima.
 
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