Opinión / Columna
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Guillermo Cosío Vidaurri
¿Votar o no votar? ¡Esa es la cuestión!
El Occidental
8 de junio de 2009
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De entre las muchísimas frases célebres que se adjudican a William Shakespeare, dramaturgo inglés considerado como el más grande de los escritores de lengua inglesa, puede citarse a la muy evocada "ser o no ser" puesta en labios de Hamlet, personaje central de la tragedia que lleva el mismo nombre y que escribiera el dramaturgo al inicio del siglo XVII.
Esa expresión me mueve a iniciar este comentario con un retruécano, tratando de llamar la atención en algo que en estos días ha sido sumamente comentado al través de las diversas voces que con distintos tonos y matices están llamando a los electores o a no votar o anular su voto, como medio de rechazo del proceso electoral en que estamos inmersos. Negativa motivada por las tristes campañas políticas que se están llevando al cabo, considerándolas carentes de sustancia programática y constreñidas a una guerra sucia en que han aflorado bajezas, dicterios e injurias a granel, utilizando a placer el internet, sin que nadie pueda legalmente evitarlo, ante la ausencia de una legislación que prohíba la utilización de tan moderno sistema publicitario.
Se ha manifestado así los opositores al ejercicio del voto, para de esa manera dejar sentado su repudio a un proceso electoral que consideran desgastado e inoperante y que no recoge el verdadero sentir de los electores, quedando en manos de una partidocracia ajena a los intereses colectivos.
Por otra parte: un segmento importante de ciudadanos -muchos de ellos agrupados en organizaciones no gubernamentales- o de manera personal y directa, han hecho llamados para que los electores, al acudir a votar, anulen su voto mediante el simple procedimiento de cruzar la boleta plenamente. Desean significar así: su rechazo a todos los candidatos y a los partidos contendientes en el proceso.
De acuerdo con el Artículo 35 de la Constitución General de la República, el votar es un derecho de los ciudadanos mexicanos consagrado por la Fracción I, y de acuerdo con el 36 de la misma norma, el votar, según lo estipula su Fracción III, es una obligación de todo ciudadano. Es decir: estamos en presencia de un derecho y de un deber. El derecho es susceptible de no ejercerse, si así le place al individuo capacitado para hacerlo; en cambio, la obligación de votar es categórica. Sólo debe comentarse que el incumplimiento no lleva implícita una sanción y eso hace inválido el compromiso. De haberse estipulado, su omisión podría sancionarse con una multa económica, la privación de la libertad por determinado tiempo o la suspensión de algunos derechos; pero está visto que no se estimó factible y seguramente, por eso, la ley no consigna ninguna pena y deja la obligatoriedad como un bonito enunciado.
Yo soy de los que creen que debe acudirse a votar. Independientemente de que se esté o no de acuerdo con nuestros actuales procesos tenemos que ajustarnos a ellos, en tanto no sean sustituidos por otros más perfectos.
Todo sería perfectible si nuestros legisladores recogiesen y valorasen las opiniones divergentes de los ciudadanos.
No creo que el pueblo desee suprimir las instituciones constitutivas de la representación popular o de las acciones gubernamentales que se ejercen a través de munícipes o gobernantes, ya que eso entrañaría anarquía y ello nunca sería deseable. Pero debe decirse: que la mala conducta de que han hecho gala muchos de nuestros legisladores y munícipes, al abusar del cargo para satisfacer innobles apetitos, ha despertado la animosidad ciudadana y es por ello que ha visto en la abstención o en el llamado a la anulación del sufragio, la forma más simple de manifestar inconformidad a la situación vivida y a la cual los medios de información se han referido en forma por demás significativa.
Para incentivar el actual proceso sería deseable: que aún cuando restan pocos días para la terminación de las campañas, los diversos candidatos hicieran llegar a los electores mensajes positivos, con pronunciamientos creativos y planteamientos orientados a solucionar los grandes problemas que aquejan a la colectividad.
Deberán exponer su forma de pensar respecto de la corrupción imperante, la impunidad, las fallas en educación y en salud, la inseguridad, la falta de empleo, la urgente reforma a las normas electorales que deben de implicar disminución de legisladores y el control de los recursos que éstos han venido manejando con una discrecionalidad que raya en apropiamiento intolerante. Tienen que fijar su posición acerca de la necesidad de poner un freno a los despilfarros gubernamentales y en la adopción de medidas que constituyan un dique a la falta de planificación, generadora del caos urbanístico en que estamos inmersos.
Los electores verían con agrado el que sus candidatos establecieran auténticos compromisos para enmendar -en el campo que les competa- errores y fallas de las autoridades, las que con amplitud han sido y son abiertamente censuradas.
En síntesis: Yo creo que el votar es una obligación que debe de cumplirse a plenitud. Por ello, alguna vez, hace más de medio siglo, un candidato a la Presidencia de la República postulaba en su campaña, como premisa electoral primordial, una frase singular: "Prefiero un voto en contra que una abstención".
Hoy tendríamos que decir: Hay que ir a votar. Vótese por aquel candidato que se considere el mejor, o si se quiere, el menos malo. Valórense propuestas, proyectos y proclamas y elíjase aquella que mejor satisfaga los intereses colectivos.
El no votar es inconducente y el anular el voto sólo propiciará que al cuantificarse se generen operaciones aritméticas útiles para acreditar porcentajes de votación y fines estadísticos.
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