Opinión / Columna
 
Juan M. Negrete 
Voto, anulo, no voto...
El Occidental
7 de junio de 2009

  Por estos días ha tomado cuerpo la polémica en torno a si salimos a votar de la manera ortodoxa, como se usa pues, o si acudimos a las urnas el próximo día electorero a anular nuestro voto, como protesta por lo chafa del menú ofrecido en las candidaturas en todos los partidos; o si, de plano, ni vamos a las urnas y le damos la espalda al proceso electivo. Veamos si le aportamos alguna idea positiva al rollo éste.

La tradición electorera finca su validez en la concurrencia de ciudadanos al concurso de elegibles. Si hay mayoría clara de éstos participando en el torneo, el certamen se legitima y se declara válido, como se hace en muchas otras tareas. El simple hecho de presentarse al huateque le da el sabor al caldo. No importa el sentido del sufragio, sino haber tomado parte. En ese sentido, sólo hay dos partidos: los que promueven la presencia a las urnas el próximo 5 de julio, a lo que sea, y los abstencionistas.

Calificando estas dos posturas en sentido clásico, al concurrir al sufragio le queda el formato positivo; al no hacerlo, se le viste con la chaqueta negativa. Uno tiene que ver con el hacer y el otro con el dejar que hagan. Uno, el primero, es hacer acto de presencia para luego tener derecho al reclamo posterior, en caso de que los elegidos le den la espalda a los electores. El otro, el abstenerse de participar, descalifica de entrada al que ni se tomó la molestia de pronunciarse por el sí o por el no. Es decir, el elector abstencionista pierde por de "faul" y se le niega, al final, hasta el mismo derecho posterior de réplica. Lo cual es medio absurdo, pero en fin.

Esta figura clásica es cuestionable. Encierra muchas trampas argumentativas. Parte de un postulado que se quisiera hacer absoluto pero que es endeble en sí mismo. Supone en el fondo que el carácter de ciudadano se refrenda siempre y sólo en las urnas. Votar es un derecho. Pero se filtra a trasmano algo que es inadmisible: que sea el único derecho. Y peor: que el ser ciudadano se agote en el derecho al sufragio y en la emisión del voto. De lado quede, en este punto, también la aberración de transmutar la concepción de elegir, como mero derecho, a la idea de que sea una obligación. Peores son quienes aducen que sea la única. De todo hay. Pero vayamos adelante.

Entonces ¿qué queda entre la opción de acudir a las urnas el día de la jornada electoral o bien darle la espalda al proceso? Está claro que es preferible ir a hacer bola. Esto es lo que se ve como positivo, mientras que el no participar viene siendo lo negativo. Hay que conformar el quórum, para que los elegidos sean legítimos y actúen de manera concertada y válida su período de mandato. Supongo que nadie objetaría el cuadro presente, pues es un esquema general de extendida convicción.

El problema reside entre acudir a las urnas a sufragar por los candidatos de la cartelera expuesta por los partidos, o hacerles "el fuchi" a todos. Se medio parece la cosa a aquello otro de no acudir a las casillas ese mero día mentado. Pero no es lo mismo, dicen los promotores de esta nueva opción. Para diferenciarlos de los abstencionistas, llamemos a éstos los 'feligreses del voto inútil'. Es necesario establecer todas las sutilezas de diferencia que derivan de una y otra postura. No es lo mismo, en estricta lógica, abstenerse que anular el voto. Se parecen mucho y casi se andan yendo a donde mismo. Pero no es lo mismo Chana que Juana.

Promover el voto inútil no es propuesta inteligente sino decepcionante. Mejor expresado, proviene no de querer entender el problema sino de no querer buscarle solución por vías conocidas. Ya les endilgamos lo de la negatividad a los abstencionistas. ¿Por qué mejor no promueven que nos lancemos de una vez al cerro y nos pongamos a echar balazos todos, para sacar a esta runfla de bandidos y sátrapas que se apoderaron de las curules y las gubernaturas y de todo lo demás y no atienden ninguna demanda ciudadana? Si se trata de sugerir medidas heterodoxas, ésta es muy conocida. Es cruenta. Es dolorosa. Pocos le entran. Pero ya se sabe cómo hacerle y cómo suele terminar la danza.

Pero se dice que hay que ir a las urnas, aunque no a votar por los postulados. El simple hecho de estar presentes en el proceso lo legitima. Con el mero acudir cae por tierra la supuesta motivación central de su propuesta: deslegitimar el proceso por chafa. Y si no consigue lo que se propone, también es una medida inútil. Promover el voto inútil es tan inútil como abstenerse. Luego, las dos son formas negativas: aquel por su indiferencia manifiesta; éste, por su manifiesta inutilidad.

Dije al principio que no es un asunto de fácil disección. Quienes ven como una buena salida la del voto inútil podrán repelar de inmediato lo aquí afirmado. Pero se trata de descorrer velos para que nos llegue un poco más de luz. Está claro que los promotores del voto inútil son responsables indirectos de una medida tan poco feliz. Quienes tienen toda la responsabilidad de este desencanto ciudadano son los institutos encargados de los procesos electorales y el gobierno mismo, el actual y los pasados.

No andaríamos con estos cuestionamientos si los resultados de la elección de 2006 nos hubieran dejado satisfechos. No estaríamos buscando salidas alternas, si al suplir a un PRI tramposo, que nunca respetó elección alguna, hubiera entrado un PAN respetuoso y responsable. Pero no fue así. Los panistas salieron tan chapuceros y trinqueteros como los del PRI, o peores. Y no sorprendería nadita que de sus mismas cavernas de perversión estén saliendo los promotores del voto inútil, como agentes disuasores de participación ciudadana, para desalentar a la gran masa a que concurra a las urnas y los eche de los espacios de gobierno, para lo que salieron tan fraudulentos e incapaces. ¿Voto inútil, como una opción para contrarrestar el voto de castigo? ¿Por qué no? La rudeza de la política da para esto y más.
 
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