Opinión / Columna
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Carlos Orozco Santillán
Anular el voto: un lamentable retroceso
El Occidental
27 de mayo de 2009
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En sus orígenes, el voto se ejerció en la Grecia antigua desde el año 508 a. C. pero como una expresión negativa; sirvió para elegir al político a quien debía desterrarse por 10 años. En vez de boleta, la decisión se inscribía en pedazos de vasijas rotas, denominadas ostraka. Al exilio suscrito en estas cerámicas se le conoce desde entonces como "ostracismo".
No obstante, la elección afirmativa que representa hoy el voto ciudadano no sustituye a la más profunda concepción de la democracia. Es decir, la igualdad y justicia social, y la disminución de los abismos económicos no se alcanzan con el voto, pero éste sigue siendo el instrumento más desarrollado para alcanzar esos propósitos sin violencia.
En otras palabras, la política electoral se creó para evitar las guerras civiles y ha sido incluso el resultado de procesos sangrientos. La democracia española tuvo que emerger de la persecución sangrienta de la dictadura franquista. En Chile, Pinochet proscribió toda forma de pensamiento progresista a sangre y fuego; y a pesar de que en México padecimos el partido único de Estado por 70 años, lo cierto es que fue producto del sacrificio de más de un millón de personas, que perdieron la vida en el movimiento revolucionario iniciado en 1910 por Madero, paradójicamente bajo el lema de "Sufragio efectivo, no reelección". Otra vez la aspiración de alcanzar la incipiente democracia electoral fue arrancada de manera violenta.
Esa es, probablemente, la razón más importante para defender el derecho constitucional a sufragar, a elegir a nuestros gobernantes. Largos estadíos en los que sólo podían votar quienes tuvieran una propiedad o no fueran mujeres han sido superados, no sin virulencia y hasta crímenes de Estado.
Por ello, el voto en México vale mucho no por lo caro de su estructura electoral, sino por su significado en una nación que aprendió que sí se puede derrotar al partido único de Estado, como se demostró en el año 2000; y que sí puede representar la concordia aún en la sospecha, como ha sucedido después de las elecciones del 2006, las más cuestionadas en la época moderna de nuestro país.
El sufragio universal no resuelve los abismos sociales en nuestra nación pero nos acerca a castigar la corrupción, la ineficiencia y la insultante impunidad de un gobierno y del partido que los catapultó.
Deseable sería que la vida republicana no se hubiera degradado en el sexenio alternativo de Vicente Fox y que los partidos no fueran una de las instituciones con mayor descrédito, o que la mayoría de los ciudadanos en México creyera en sus políticos. Sin embargo, lo más grave sería que desconociéramos el valor histórico de nuestra democracia perfectible al no ejercer nuestro derecho a elegir el rumbo de la nación. Por lo tanto, anular el voto sería, sin duda, un lamentable retroceso.
* Diputado de la fracción parlamentaria del PRD al Congreso de Jalisco.
carlos.orozco@congresojal.gob.mx
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