Opinión / Columna
 
Juan M. Negrete 
Cinismo puro
El Occidental
17 de mayo de 2009

  Nos recetaron la dosis de que sí hubo complot que volvió añicos el esquema electoral del 2006. No fue informe oficial, pero como si lo hubiera sido. Salió a escena Carlos Ahumada, personaje que no necesita presentación, por haber jugado destacadísimo papel en la campaña de escándalos con que, desde el gobierno mismo, se instrumentó empañar la credibilidad electoral. Pero era mero aperitivo. Lo fuerte del guiso vino enseguida. Dos ex presidentes, De la Madrid y Salinas, se "agarraron del chongo y se rompieron las medias". Sin embargo, no ha pasado nada hasta este momento. ¿Irán a tener más adelante estas revelaciones duras alguna repercusión?

La pregunta es pertinente, en función de que nos definimos ser estado, país moderno y eficiente. Cuando somos más arrogantes nos decimos ser hasta una democracia; democracia liberal, pero al fin tal. Eso significa decir que funciona aquí una estricta separación Iglesia-Estado; que el poder está diversificado; que nuestra vida pública se interrelaciona y estructura para auxiliarse y operar mejor, lo que redunda en una procuración y administración expedita de la justicia, "bla, bla, bla..."

¿Para qué desgastarse pintando cuadros teóricos de mera utilidad escolar, ilustrativa? Ni somos una democracia, ni funciona el colectivo, ni hay estado, ni hay país. Somos una cosa echada a perder. Lo peor es que nos solazamos y festejamos nuestra miseria, sin que se vea por dónde empezar a poner remedio. No se vislumbran por ningún lado ni los grupos sociales, ni las proclamas, ni siquiera barruntos de voluntad por empezar a arreglar este cruel desbarajuste en que vivimos.

No tiene mucho sentido escarbar más de lo que dijo Miguel de la Madrid sobre Carlos Salinas, ni la reacción furibunda e inmediata de éste contra aquel. Son notas propaladas por los medios. Que abra su ronco pecho el colimote para decir que se equivocó, es una verdad de a kilo. Pero lo que está detrás de esta afirmación es lo realmente lacerante y grosero. ¿Por qué se equivocó "él" al elegir a su sucesor? ¿Qué no lo eligió la población? ¿O sea que lo del dedazo no es broma? ¿Confirma su dicho, con todas sus letras, eso de que concurrimos a la justa electoral por burla, para seguir haciéndonos creer que funcionan nuestras rondas electivas?

Pero no fue tan grave escucharle decir que él sentó en la silla ejecutiva al "Chorejas" Salinas. De su dicho claro y contundente se deduce que los poderes fácticos que actuaron en aquella sucesión, volvieron a operar hace tres años, porque nada se ha corregido desde entonces y sigue en el poder la misma cáfila, desde aquellos días. Nada ha cambiado. Por eso no hay castigo para ellos. Así como no se tomó en cuenta el veredicto de las urnas en 1988, tampoco se hizo en 2006. De manera que tan espurio fue Salinas como lo es Calderón. Lo de Salinas ya no tiene remedio, pues concluyó su sexenio, como haya sido. Pero Calderón está en funciones. Es tan usurpador como Salinas, y lo seguimos aguantando como "Presidente". ¿Y?

Donde se le rasque a la piel del cuerpo nacional brota la pus. Nos lo dicen y nos lo vuelven a decir en nuestra cara y no reaccionamos. El viernes, día del maestro, se juntan en Los Pinos, Elba Esther Gordillo y Calderón. Otra vez abre aquella su pecho y gorjea a voz en cuello que un presidente no se legitima en las urnas, sino en la historia. Lo dijo con audiencia a nivel nacional. Nos lo refriega en el rostro. Entonces ¿para qué someter ningún puesto de gobierno al torneo de los sufragios, si la legitimidad se obtiene tras el ejercicio y no mediante la consulta original? Confunde la maestra la gimnasia con la magnesia. Es cínica en su retrato; pero así andamos. En eso soltó una verdad dura.

Por vía de hechos, acatamos la realidad de los actos consumados. Siendo consecuentes, habría que desmontar todo el aparato judicial, el electoral y todos los demás aparatos de gobierno, a fin que no sirven para nada. Atenernos al mero ejercicio pragmático, inmediatista, para sancionarlo todo "post eventu". No tiene ningún sentido planificar nada, ni proyectar nada, ni elaborar presupuestos, ni prepararse para contingencias, ni avizorar el futuro. No tiene sentido ser un estado, porque en los hechos no lo somos.

Castigar a De la Madrid por violentar la voluntad popular y no haber sometido a sufragio la sucesión de su puesto, pues está confeso. Procesar a Salinas por robarse la partida secreta. Llevar al banquillo a Fox y a Calderón, que nos repitieron el truco y andan tan campantes. Es lo procedente. Pero ¿nadie les va a tirar el guante? ¿Quién asume el reto? No se otea en el horizonte una sola polvareda de jinetes justicieros que venga a poner fin a tanto ultraje. Hasta la capacidad de indignación hemos perdido.

Es grave la descomposición retratada por estas deficiencias. Se ve todo como mero escándalo mediático. Un actor ingrato silencia a otro al más puro estilo siciliano. Y la gran masa asiente y sonríe. Hasta ha de aplaudirlo como muestra de picardía de nuestros próceres, siempre tan atinados y ocurrentes. Está visto que funciona, hasta ahora, la máquina de la castración social. El otrora orgulloso Anáhuac está convertido en un cansino rebaño de ovejas eviradas. El clero, desbocado con sus mafufadas chamánicas; la televisión, a rienda suelta con su procaz banalidad; la escuela, llena de absurdos y vacuedades; el gobierno, sin freno alguno en la corrupción y la impunidad; los dizque empresarios, en pleno abordaje al despojo de nuestros recursos; y ¿el infelizaje?: firme en su vocación relajienta y chabacana, atento hoy a las finales de la liguilla. Mañana vendrán otros motivos de distracción. La salud de la patria ¿con qué se come?
 
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