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Opinión
![]() Carlos Orozco Santillán
Sin debate no hay democracia
El Occidental
6 de mayo de 2009
Desde que la filosofía francesa incluyó el término "mafaldiano" para referirse al instrumento creado por Joaquín Lavado "Quino" para entender la dialéctica de la sociedad de clases y multicultural latinoamericana, el cómic se consolidó como una expresión del diálogo necesario para desarrollar las conciencias críticas en cualquier escenario de la sociedad, pero sobre todo en la política. Hoy sabemos que el diálogo que fundamenta la confrontación de las ideas en búsqueda de la verdad relativa, o de la mejor alternativa, resulta estratégico para comprender el comportamiento de la naturaleza y del pensamiento, tanto como de los grupos sociales.
Más aún, las democracias modernas han logrado discernir entre la capacidad de expresarse como recurso de la política y la construcción de las ideas ligadas al lenguaje. El debate moderno es pues, mucho más que la retórica simple o la oratoria vacua, una compleja red de habilidades intelectuales, neurolingüísticas y del dominio de la persuasión. Ningún líder en los grandes momentos de la historia de la humanidad podría haberse sustraído de esas cualidades, pero en la época moderna tiene mayor trascendencia cuando la civilización tiene los más diversos e impresionantes recursos para el registro de esos acontecimientos orales, escritos o corporales, a través del impresionante desarrollo de los medios masivos de comunicación instantánea. Podemos imaginar la capacidad de disuasión de Alejandro Magno frente a sus tropas, o reconstruir los diálogos de los grandes filósofos clásicos. Pero lo dicho y actuado por hombres y mujeres de la talla de Lenin, Ghandi, Churchill, o Kennedy, ha quedado registrado de manera limitada en la filmografía histórica. Sin embargo, en el debate internacional o en cada nación, la capacidad retórica, literaria o expresiva de los dirigentes no deja lugar a la menor duda. Es más, sus propuestas para el desarrollo de un país o una ciudad son de la mayor trascendencia ante una población crecientemente crítica y participativa, y medios de comunicación más libres, plurales y alternativos. Desde la caída de los totalitarismos, las verdades categóricas y el reduccionismo se van sustituyendo por la polémica. Por ello, no se puede concebir ningún proceso democrático en la unanimidad sospechosa. El disenso, como la oposición de las ideas, enriquece a la propuesta constructiva en un escenario civilizatorio en el que nadie tiene el monopolio de la verdad. Y por fortuna, se revitaliza con el necesario debate para que exista la democracia. * Diputado de la fracción parlamentaria del PRD al Congreso de Jalisco. carlos.orozco@congresojal.gob.mx Columnas anteriores
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