Opinión
Sara S. Pozos
La certeza de la fe

El Occidental
11 de febrero de 2009

Desde el año pasado, por ahí del mes de septiembre, la Iglesia La Luz del Mundo comenzó a vivir días difíciles, momentos angustiosos. Confiada en el Creador, la Iglesia se unió en un mismo espíritu, en una sola fe, en un mismo propósito, en una sola razón: orar a Dios y convencerlo de escuchar su angustia traducida en palabras inexplicables, en lágrimas, en llanto, en clamor, en gemidos... La oración entonces y como siempre, fue la tónica de sus días, la constante de sus vidas.

Días pasaron desde entonces y en cada lugar en donde La Luz del Mundo ha podido juntar a un grupo de creyentes, comenzó la súplica. En Morelia, desde donde escribo estas líneas, los pocos hermanos en el culto de la tarde, el de las seis, se quedaban un rato más para orar al Creador. En Europa, los hermanos allá reunidos también dedicaban minutos después del culto de las seis aunque pronto supe que en otras localidades de México y de Estados Unidos, la necesidad los obligó a dedicar una hora en particular para solicitar a Dios por una necesidad prioritaria.

Así pasó el otoño y para cuando el invierno del año pasado había llegado, los miembros de la Luz del Mundo se habían dado cuenta que no podían pensar en otra situación que no fuera la de ver una respuesta favorable a su petición. El año nuevo llegó con bendiciones por parte del Apóstol de Jesucristo, hermano Samuel Joaquín Flores, líder de la Iglesia, aunque por primera vez desde que tengo uso de razón, fue una velada muy peculiar.

Y entonces los días comenzaron a hacerse largos y la espera de buenas noticias puso a prueba la fe todo un pueblo, de miles y miles de creyentes. Ignoro qué pasaba exactamente por la mente de los hermanos de La Luz del Mundo pero puedo asegurar que no había duda sobre el resultado final de los hechos: que tras la dura prueba, el testimonio y certeza de la fe serían la experiencia más evidente de que Dios escucha a los creyentes, por ver con salud y bienestar a líder de la Iglesia.

Los que aman al hermano Samuel Joaquín Flores, apóstol de la Iglesia La Luz del Mundo, no dudaron ni un segundo en que Dios mostraría su poder y escucharía sus plegarias, porque si bien Dios mismo ha establecido un ciclo para el hombre, él mismo puede hacer excepciones con quien así lo desee.

Esa confianza absoluta sólo se obtiene de una fe auténtica, basada en una esperanza cierta: la de una vida después de la muerte. La esperanza y fe que tuvo su origen y su fundamento con Jesús de Nazaret, hace más de dos mil años, es la misma que se alberga en cada uno de los miles y miles de creyentes que tiene la Iglesia La Luz del Mundo, institución religiosa que se ha convertido en una de las más importantes del México moderno y del mundo entero.

Como bien ustedes lo saben, el líder de la Iglesia, maestro Samuel Joaquín Flores, ha realizado obras magnas, trabajos y proyectos estratégicos de dimensión y visión inigualables. Su obra ha dejado una esquela que se encamina y obliga a escribir la historia de Guadalajara, de Jalisco, de México y del mundo tomándolo en cuenta; no hacerlo, implicaría que los resabios decimonónicos y hasta medievales, siguieran dirigiendo los destinos de una realidad absolutamente distinta a la otrora.

Por eso mismo y principalmente por el impacto que en la vida y consciencia de los creyentes tiene la vida del apóstol Samuel Joaquín Flores, estos días la ciudad de Guadalajara comienza a recibir a miles y miles de peregrinos que son movidos por un solo pensamiento: estar el 14 de febrero en la colonia Hermosa Provincia, sede mundial de la Iglesia, para orar a Dios por la vida y salud, por la felicidad y bienestar del líder de la Iglesia.

En mi situación actual, he alcanzado el adjetivo de peregrino y en unos días más, me uniré a los que ya me antecedieron para llegar a Guadalajara, también con la clara intención de orar el próximo 14 de febrero de manera muy especial y con mayor gratitud por la salud y vida del hermano Samuel Joaquín Flores.

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