Opinión
Hiram Abel Ángel Lara
Plan anticrisis y año electoral

El Occidental
9 de enero de 2009

El anuncio del Secretario de Hacienda de que la economía no crecerá significa en términos sencillos que no habrá inversión privada, la balanza comercial (exportaciones menos importaciones) probablemente será deficitaria, el consumo caerá (como lo muestra el estudio del INEGI que evalúa el índice de Confianza del Consumidor) y que (ni siquiera) el gasto de gobierno será suficiente para echar a andar a la pesada economía mexicana.

La noticia es extremadamente mala y las perspectivas que se plantean muy negras. Las palabras de Carstens no se pueden tomar a la ligera, sobre todo cuando son pronunciadas a escasas horas de que el presidente anunciará su plan anticrisis, el cual se enmarca en cinco ejes y contempla 25 acciones, entre los que se encuentran: fomento a la preservación del empleo, liberar recursos del retiro de los trabajadores despedidos, ampliar la cobertura de seguridad social, congelamiento de precios de gasolina y disminución del precio del gas, subsidios para vivienda, reducción de tarifas eléctricas para las PYMES, aumento de préstamos para incentivar la creación de más negocios, ligero (extremamente ligero) aumento del crédito al sector rural (sólo del 10%), apoyo a la Banca, aceleramiento de creación de infraestructura, mayor monto de recursos de inversión para Pemex y aumento de créditos de Banobras por más de 65 mil millones de pesos. Adicionalmente se busca mejorar el gasto público impulsando nuevas leyes de contabilidad gubernamental, efectivizando su ejercicio y firmando nuevos convenios estatales.

En ello se resumen las ideas principales de la administración que en el 2006 llego con el slogan de "Presidente del empleo". Sin duda que a la distancia, tal frase, más que una curiosa contradicción, parecería que se trata de una maldición que echa por tierra "las ideas geniales de campaña" que no por vacías dejan de ser atractivas para el electorado. Moraleja, el próximo que prometa más empleo hay que tenerle miedo. Aunque en descargo de Calderón el argumento de que esto se trata de una crisis mundial incontrolable parecería salvarlo (poquito, poquito).

Después de lo dicho por su Secretario de Hacienda ya no se pueden tener muchas esperanzas sobre las promesas del gobierno, pues mientras por un lado se monta una estrategia para señalar que se tiene la respuesta para enfrentar la recesión mundial, por el otro se nos avisa que por lo menos este año no será posible (y quién sabe si el otro). Puesto así, el anuncio del miércoles en la noche parecería no obedecer a una estrategia económica sino electoral, de allí que los detractores del actual gobierno se saboreen las contradicciones en las que cae el equipo económico calderonista.

El problema para México es que su drama no sólo son las contradicciones de su gobierno y algunos de sus políticos, el verdadero problema es la terrible desigualdad que hace más difícil enfrentar cualquier tipo de recesión mundial. Desigualdad que está sostenida en un sistema de corrupción y de prebendas que invade el sistema político mexicano y que tal vez impide establecer medidas más radicales para enfrentar situaciones económicas como las actuales: reducción mayor en precio de las gasolinas por debajo del precio de los socios comerciales como Estados Unidos y no un 30% más cara; legislar sobre los cobros por servicios bancarios que terminan ahorcando a más de un deudor ya en cartera vencida; mayor subsidio al campo que permita, al menos, garantizar la producción nacional de maíz y frijol, reduciéndose con ello la dependencia del exterior (y el consiguiente desajuste de la balanza comercial); un amplio programa de seguro del desempleo; una agresiva política de desarrollo de infraestructura que involucre al sector privado menos golpeado; reducciones de las tasas de interés; facilidades impositivas para impulsar la inversión pero tratando de cubrir una mayor base gravable. Sin duda todos estos elementos meramente enunciativos merecen una reflexión mayor, pero por lo visto en este país se vale sólo manifestar programas generales cuando de tiempos electorales se trata.

Al menos creo que lo aquí señalado es más sensato y necesario para combatir el problema de la desigualdad que impide nuestro desarrollo. Pero como en todo, los intereses privados suelen estar por encima de los intereses del Estado y si bien se pugna por una mayor participación de éste, eso sólo es válido bajo la máxima de que "se haga la voluntad sólo en los bueyes de mi compadre".

* Analista político e internacionalista.

hiram.angel@gmail.com
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